Estilo veraz



Por Joaquín Trujillo, investigador del Centro de Estudios Públicos

Existe una intrínseca relación entre las palabras y la verdad. A veces pareciera que son totalmente independientes de su correspondencia con la verdad, que la verdad no es más que una situación accidental en la que se hayan las palabras. Pero no es así. De ahí que los mentirosos reputados, aquellos que tienen fama de tales, acaben por quedarse mudos: no porque pierdan la facultad del habla, sino porque sus palabras ya no son capaces de cruzar el tiempo y el espacio para clavarse en los otros. Simple: como ya no les creen, sus palabras son mero ruido ambiental, están incomunicados. Han girado tantas veces de la cuenta corriente de esa confianza que es la suposición de la verdad (por lo general, creemos lo que nos dicen) que la línea de crédito se acabó.

De ahí que la capacidad de comunicarnos esté unida a la de creer, porque no verificamos cada palabra que nos llega, pero sancionamos con nuestra sordera a quienes hayan traicionado la sagrada verdad, sí, esa mezcla de creencia y de comprobación lógica y empírica.

Por eso las falsas palabras producen mudos y, por lo tanto también, sordos a su alrededor: lenguas que ya no emiten y oídos que no reciben. Lenguas que han abusado de la confianza y oídos que han visto defraudada la suya. Cada vez que prestamos atención establecemos una suerte de sociedad con quien escuchamos; cada vez que mentimos, o nos mienten, esa sociedad resulta traicionada, y por lo tanto cada uno queda relegado a sí mismo. La mentira es aislacionista.

Así que cuando nos hallamos todos aislados por la desconfianza generalizada, en una sociedad quebrada, la sola aparición de la verdad o de sus sucedáneos, que son el estilo categórico y frontal, remece los corazones. La necesidad prácticamente biológica de escuchar, de asociarse, de confiar recibe esta buena nueva, por falsa que sea, como un respiro en el ahogo de los encierros.

Por eso, el estilo veraz, que no es meramente formal, sino que una síntesis de las creencias y maneras propias, por una parte, y la sensación general, por la otra, restaura. No es, por lo tanto, inaudito que esos estilos veraces cautiven. Y claro, si además van acompañados de la pasión por decir la verdad, o lo que es lo mismo, haberse metido en problemas por esa pasión, entonces la fórmula es triunfadora.

Se dice que la verdad duele. La filósofa Simone Weil observó que es preferible el infierno de la verdad al paraíso de la mentira. La escritora Gertrudis von Le Fort, que el infierno era el lugar de la justicia, el cielo el de la gracia y la tierra el lugar del sacrificio.

La verdad es preferible a la mentira, incluso como infierno, pero la mayor parte de las veces, lo que llamamos verdad no es más que un hábito, uno en el cual nos ejercitamos en el sacrificio de decirla y escucharla, hasta que se vuelve un placer, y entonces, vemos emerger una nueva cumbre.

Moraleja; sin fe pública ni siquiera habrá sucio dinero. La verdad no es lujo de filósofos.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.