Expectativas
El gobierno del Presidente Boric llega al poder sobre una ola de grandes acontecimientos que sacudieron nuestro país como el estallido social de 2019 y la pandemia global de 2020. Viene empujado por una nueva generación en la política nacional marcada por su capacidad de movilizar al país (movimiento estudiantil de 2011) en una lógica que mostraba los atisbos de lo que se pensó ser un nuevo ciclo político, que se proyectaba marcado por la necesidad de reformas sistémicas y en temas centrales para la ciudadanía y que miraba críticamente lo realizado hasta ese momento por la elite gobernante. De algún modo el ciclo político sobre el que se monta la elección de 2021 hablaba de voluntad de empujar cambios en una nueva dirección no caminada hasta entonces y que se institucionalizaron en el proceso constituyente. Ya sabemos lo que pasó.
Uno de los desafíos más difíciles del oficio de la política es lograr transformar las expectativas y subjetividades que cristalizan en los procesos electorales en agenda política. Esto porque ya no basta solo con aunar voluntades y deseos, sino que requiere la fría pragmática de la adecuada evaluación de correlaciones de fuerza, de la minuciosa selección de canales de gestión apropiados para los objetivos trazados, del micro diseño de políticas públicas, de la constitución de alianzas estables y de un relato que cuaje en el sentido común ciudadano. En este camino, el gobierno saliente tuvo de dulce y de agraz.
De agraz porque, como en todos los gobiernos, en ese proceso se cometieron errores. Algunos estratégicos como las expectativas que se pusieron sobre el proceso constituyente, o cómo golpeó en el ethos de la nueva generación el así llamado caso fundaciones. Otros fueron de corte más táctico como por ejemplo el esquema de manejo de las crisis que cristalizó en el gobierno, que fue generando un desgaste del relato central, empujado además por una oposición obstruccionista y muchas veces vociferante que instaló el “contrarrelato” de un país en crisis.
Dulce porque tuvo logros importantes que están impactando positivamente sobre la vida cotidiana de los chilenos. Sin duda las reformas en el ámbito del trabajo como las 40 horas, el aumento del salario mínimo y la reforma de pensiones se constituyen en el eje de un legado trascendente. También en el ámbito de cuidados están logros como el copago 0 (cero) en el sistema público de salud, la así llamada ley “papito corazón” o en ámbito de la normalización de una economía que recibió sobrecalentada, controlando la inflación y la reforma para la creación del royalty minero.
Por otra parte, en lo estrictamente político cabe señalar que se constituyó un gobierno amplio de los sectores progresistas y eso también es un logro. Si bien ha habido dificultades y evaluaciones encontradas sobre los efectos de esta alianza, el punto está en que se sitúa en la pragmática clara de que sin unidad de los sectores progresistas y de izquierda es imposible construir alternativas políticas viables que defiendan los derechos sociales.
Este juego clásico de la política es más complicado mientras más altas son las expectativas. Para la coalición saliente tuvo los efectos que hemos analizado, en lo que respecta al gobierno entrante cabe señalar que no escatimó atrevimiento en promesas muy precisas que la ciudadanía espera que cumpla.
Por Eolo Díaz-Tendero, director ejecutivo de Horizonte Ciudadano
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