Falsa transgresión

Micrófonos



Por Juan Ignacio Brito, periodista

Hablaba Chesterton de la “prensa mísera” y no puedo dejar de pensar en algunos periodistas que parecen haber trastocado sus valores: su compromiso ya no es con la verdad, sino “con la gente que lo pasa mal”. Hay quienes bautizaron el fenómeno como “populismo periodístico”, pues sus cultores utilizan una lógica populista: a un lado, la élite perversa; al otro, el pueblo bueno. Maniqueísmo puro.

Hoy vemos a periodistas que cruzan sin tapujos lo que hasta hace poco era una línea infranqueable: la que divide la opinión de la información. Hace un siglo, el director del diario británico The Guardian propuso una frase célebre que ilustra esa separación: “Las opiniones son libres, pero los hechos son sagrados”. Como tantos otros muros edificados con sangre, sudor y lágrimas por periodistas de antiguas generaciones (como el que dividía al área comercial de la editorial), hoy esa barrera parece reducida a escombros.

El compromiso del buen periodista es con la verdad y la comunidad. Muchos profesionales consecuentes han pagado caro su lealtad a ese deber irrenunciable. Hemos observado en el último tiempo investigaciones serias y valientes que expusieron a políticos, empresarios, sacerdotes, militares o jueces cuando estos se encontraban en la cúspide. Denuncias que prestigiaron al periodismo al entenderlo como un contrapoder incómodo que va con la verdad por delante en pro del interés público. Una labor arriesgada, pero muy necesaria.

Distinto es lo que abunda ahora. Hoy resulta sencillo encarar a autoridades frágiles y temerosas. Los poderes fácticos de antaño son presa fácil para quien quiera darse un festín. Varias cosas han cambiado en Chile: una de ellas es que los poderosos de ayer en muchos casos ya no son los de hoy. La tragedia del periodismo populista es que es tan inofensivo y complaciente con los nuevos poderosos como agresivo con los antiguos. En realidad, no es atrevido con el nuevo amo, sino sumiso; no es desafiante, sino servil. Ya advertía Chesterton que a menudo lo que aparece como nuevo periodismo no es otra cosa que mal periodismo.

Conductores y periodistas olfatean la debilidad y se abalanzan sobre ella. Se disfrazan de transgresores para jugar de justicieros. Buscan el aplauso, no la verdad; usan su profesión y la tribuna que les da para opinar fuerte, desafiar en cámara a los supuestos poderosos y ponerse del lado de una ciudadanía empoderada. El suyo es un individualismo extremo: no les preocupa la vida en comunidad que el periodismo está llamado a fortalecer a través de la exposición de la verdad, sino servirse a sí mismos. ¿La recompensa? Popularidad, éxito y, seguramente, mejores contratos. En el camino, malherida, queda la profesión periodística, despreciada por los mismos que deberían promoverla y cuidarla.

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