Fortalecimiento democrático

Gente AFP

Foto: Andres Perez/ La Tercera



Qué grato es tener un espacio de reflexión anual para debatir sobre Humanismo Cristiano con expertos en la materia, como el desarrollado en Madrid, España, en los "Diálogos del Retiro". Me correspondió intervenir sobre "Aportes de una política de inspiración cristiana a la crisis democrática". Me parece interesante compartir algunas de las ideas expresadas. Con distancia pude observar el áspero diálogo ocurrido en la Cámara de Diputados con ocasión de la acusación constitucional. ¡Qué responsabilidad tenemos todos de cuidar nuestra democracia!

La profundización y ampliación de la democracia parecen hoy lejos de ser el "fin de la historia", como se auguraba hace algunos años. Como podemos comprobar al mirar la sección de política de cualquier librería en la actualidad, su desarrollo como régimen político y sistema de valores es frágil, y lejos de ser automático, requiere un compromiso activo, coraje y creatividad. Esta tarea es especialmente relevante para los hombres y mujeres que buscamos aportar a la política desde una inspiración cristiana. Es cierto: los principios sociales y enseñanzas del evangelio trascienden a los instrumentos y regímenes coyunturales, y mucho menos pueden identificarse con una expresión política concreta. Sin embargo, la democracia ha demostrado resguardar y conjugar los valores de la dignidad, libertad, igualdad, y paz entre los pueblos, de mejor forma que cualquier otra alternativa concebida hasta ahora. No por nada algunos cristianos han desempeñado un papel crucial en el pasado en su defensa y consolidación, desde Jacques y Raissa Maritain a San Óscar Romero y Aldunate, de Luther King Jr., a Adenauer y Aylwin.

También en estos tiempos el humanismo cristiano puede ofrecer coordenadas que ayuden a revigorizar la democracia. Frente al cinismo del discurso antipolítica, esta tradición nos invita a "rehabilitarla" como la "más alta forma de caridad", que ha tenido, tiene, y ha de tener una dimensión emancipadora, como el único poder de quienes no tienen poder.

Nos invita también la política de inspiración cristiana a traer de vuelta el lenguaje de las virtudes y la práctica de la amistad cívica, donde hay adversarios y no enemigos, que no niega el conflicto, pero tampoco lo alimenta artificialmente, y que exige una adecuada formación ciudadana para participar de la construcción del bien común. En el corazón de la doctrina cristiana están también las comunidades, que las políticas públicas construidas desde el paradigma individualista muchas veces olvidan, pero que deben ser fortalecidas como un espacio para el sentido de pertenencia y una sana construcción de la identidad. Finalmente, un aporte muy valioso es la idea de la "ecología integral", que va más allá de una defensa superficial del medioambiente, que nos llama a una profunda "conversión ecológica", personal y política, y nos demanda un multilateralismo fuerte y con principios para enfrentar los desafíos económicos y sociales de nuestra casa común.

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