Frente a la crisis de cohesión social en Chile



Por Jaime Silva, investigador de la Facultad de Psicología, Universidad del Desarrollo

El Ministerio de Desarrollo Social y Familia publicó recientemente un acertado informe para la cohesión social en Chile. Allí se identifican importantes dimensiones que se han deteriorado en nuestro país. Por ejemplo, se constata que los chilenos tienen cada vez menos amigos, somos cada vez más desconfiados, no nos fiamos de nuestras autoridades y desvalorizamos la participación en organizaciones sociales. Si bien el informe no incluyó la elaboración de un análisis sistemático de los determinantes de la cohesión social en Chile, la pregunta está ya planteada.

Las ciencias humanas y del comportamiento han ofrecido hace varios años una explicación bastante clara para este diagnóstico, la transición de las sociedades desde el colectivismo hacia el individualismo. Los avances económicos, y en especial el modo en que se entienden las relaciones humanas, van delineando un entorno social bastante característico. En concreto, se fortalece progresivamente la individualidad y la autonomía como valor social fundamental en desmedro de la conformidad y la lealtad hacia grupos o colectivos.

Las consecuencias a gran escala de estos cambios culturales se han dejado sentir en innumerables indicadores de bienestar y salud mental, generado lo que llamo “la paradoja de la suma de las partes”. Los seres humanos, una especie altamente colaborativa y social, han creado entornos que promueven a tal nivel el sentido de individualidad que terminan por mermar el bienestar personal y colectivo, impulsando peligrosamente el sentido de soledad, desconexión y alienación de la vida afectiva e interpersonal.

¿Cómo avanzar hacia un clima social de mayor bienestar colectivo y de mayor cohesión en una sociedad individualista? La ciudadanía lo tiene claro y lo manifiesta: según un estudio reciente, en Chile existe una clara revalorización de las relaciones humanas y conciencia de la necesidad de mejorar la educación emocional y cívica (más del 80% de acuerdo). Otras voces lo han expresado de igual manera. Por ejemplo, la OCDE ha reiterado en sus informes la importancia mejorar la calidad de las relaciones humanas en las naciones. De hecho, en 2015 advirtió “la creciente polarización ideológica y las tensiones sociales están aumentando la necesidad de tolerancia y respeto, empatía y generosidad, y la capacidad de cooperar para lograr y proteger el bien común”. En otra esfera, en el Primer Encuentro Internacional de Habilidades Socio-Emocionales, celebrado recientemente en Chile, la conclusión final fue contundente: “Una sociedad que pretende avanzar en equilibrio a través de todas sus dimensiones constituyentes debe promover y proteger las habilidades socio-emocionales como parte de sus políticas fundamentales”.

En consecuencia, a modo de aporte al Informe del Ministerio de Desarrollo Social y Familia, se podría resaltar el valor de fomentar -en todos los niveles de la sociedad- las habilidades socio-emocionales como parte importante de la estrategia nacional para enfrentar la crisis de cohesión social. De este modo, el desafío que tenemos por delante es instalar un entorno país que invite a reconectar y revalorizar los vínculos afectivos como el contexto central donde el desarrollo humano en su dimensión integral alcanza todo su potencial. Esta es una tarea política, científica, educativa y cívica.

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