Humanismo cristiano para la conversación constitucional



Por Soledad Alvear, abogada

La Convención Constitucional es una oportunidad inédita en nuestra historia. Nunca antes hubo una instancia más representativa de la diversidad de Chile para discutir, en democracia, las bases de nuestra convivencia. Aunque el riesgo del revanchismo político ha existido, afortunadamente se ha acotado, y la reciente elección parlamentaria pareciera recordarnos que no hay fuerza política que tenga el monopolio de los intereses de los chilenos. Los acuerdos serán construidos colaborativamente o no serán.

Para quienes pertenecemos a tradiciones políticas que han sido parte del desarrollo constitucional chileno, este diálogo requiere un esfuerzo para volver a escudriñar nuestra historia y articular propuestas que aporten a la conversación, en especial ahora que la Convención ha iniciado su trabajo de fondo. En el caso del humanismo cristiano, nos precede una historia de contribuciones desde los albores de la República, con el gran promotor de la libertad de prensa y el fin de la esclavitud que fue Fray Camilo Henríquez. Hoy también podemos ofrecer importantes aportes desde nuestra identidad.

Por ejemplo, ante amenazas autoritarias: el compromiso humanista cristiano de los límites al poder, formulada varios siglos antes de la Ilustración en la doctrina de San Isidoro, y bellamente expresada por el cardenal Silva Henríquez en su homilìa “El alma Chile”: “el gobernante se define a sí mismo como servidor, nunca dominador; limitado por el marco de una ley a la que él mismo está, el primero, sometido, y confrontado al juicio de un pueblo que le exige ser oído y respetado”.(1974, en dictadura militar). Por otro lado, este límite se justifica en nuestro rol de custodios, tanto de “nuestro hermano”, como de la “casa común” de la Creación. En cuanto a lo primero, figuras como Las Casas o Vitoria en la América Colonial son ejemplos preclaros de lo que hoy entendemos como un sistema internacional de derechos humanos, cuya jerarquía normativa debiese ser reconocida más explícitamente en un nuevo texto constitucional. La custodia de la Creación nos conecta con principios como la destinación universal de los bienes o la justicia intergeneracional, llevándonos a un uso armónico y justo de los recursos naturales.

Es la dignidad lo que justifica también un sano entendimiento del principio de subsidiariedad. Al fomentar un desarrollo no solo material sino espiritual, es necesario reconocer y fortalecer a las instancias que otorgan sentido a la vida de las personas: familias y comunidades voluntarias de la más grande diversidad. Quizás aquí podemos también aportar para diseñar mecanismos de participación creativos y eficaces para las personas, comunidades y territorios.

En definitiva, los humanistas cristianos tenemos una gran oportunidad de enriquecer la discusión constitucional a partir de nuestros principios e historia, solo algunos de los cuales hemos mencionado en estas líneas.

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