Juego de espejos

Foto Richard Ulloa/La Tercera




El último cambio de gabinete confirmó que el imperativo del orden no solo llegó al bloque oficialista, sino también a la oposición. Una lógica de agrupamientos forzados, donde la línea divisoria que cruza al sistema político y a un sector de la sociedad está condenada a profundizarse. La complejidad del presente, un período donde la envergadura de los problemas políticos, económicos y sanitarios anticipa no meses, sino años difíciles, se ve entonces proyectada en dicotomías aparentemente simples. Como la plebiscitaria, de la cual estamos cada día más cerca.

Es la ilusión de dos países distintos que, como espejos contrapuestos, solo reproducen su propia imagen, y donde no parece haber espacio para nada que no responda a esa bipolaridad, es decir, al efecto acumulativo de la polarización. Es también a lo que contribuyó el espíritu del estallido social de octubre: a revivir el fantasma de una dictadura con violaciones a los derechos humanos, y la fantasía frustrada de su derrocamiento. En algún sentido, estamos en un escenario similar al de 1988: Sí o No, Apruebo o Rechazo, y tenemos (de nuevo en octubre) un plebiscito que ayudará a reforzarlo.

Chile se apronta entonces a una nueva “transición”, marcada por el sueño inconcluso de remover la institucionalidad del régimen militar y las bases de su modelo económico. Así, junto a una discusión sobre el futuro, es probable que el proceso constituyente tenga mucho de juicio sobre el pasado, un juicio a lo que no se pudo o no se quiso hacer en los últimos 30 años. El riesgo es que cada espejo sea exigido a reflejar la mitad del país y la mitad de una historia. Porque en medio no estarán las divisiones del pasado, sino un presente sacudido por los efectos de la pandemia, con uno de cada cuatro chilenos sin trabajo y donde el 39% de la gente considera que la violencia es la manera de hacerse escuchar, según la encuesta Criteria.

El expresidente Lagos decía esta semana que “la gradualidad es la única forma de poder entendernos civilizadamente”, lo que viene a ser una buena explicación de porqué hoy no podemos entendernos. Simplemente, no hay espacio para la gradualidad, ni para los matices o la moderación. Lo ocurrido en estos días en La Araucanía es también paradigmático: o se condena la violencia de los que ocupan municipios o la de aquellos que intentan desalojarlos; una de las dos opciones no es intrínsecamente cuestionable.

Es una lógica sin salida o, al menos, que hace muy difícil el diálogo y los acuerdos. Ganar o perder, todo o nada, tu opción o la mía. Precisamente lo que un proceso constituyente debiera evitar, si lo que se busca es construir mínimos comunes con legitimidad transversal. El problema, en resumen, no es si Joaquín Lavín y Daniel Jadue estarán el día de mañana en la papeleta. El problema es que todo transita en una dirección que hace estéril cualquier otra alternativa.

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