Kast y el mundo
El mundo era muy complicado el día que José Antonio Kast triunfó en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Pero desde el sábado 3 se puso muchísimo más complicado. La decisión de Donald Trump de sacudir el magullado orden jurídico internacional y extraer a Maduro y a su esposa desde Caracas, lo que ha puesto a América Latina, por primera vez desde los años de Jimmy Carter, en el epicentro de la política mundial.
Al menos en el primer vistazo, Kast se ve tocado por la suerte. Su mundo cultural, su imagen de la historia, se alinea con facilidad con el gesto hegemónico de Trump, a lo que hay que sumar los triunfos sucesivos de las derechas en el hemisferio, que tiene pendientes para el primer semestre de este año las elecciones de Perú y Colombia y, para el segundo, la de Brasil. El descabezamiento del régimen venezolano y el cambio de tendencia continental dan al proyecto del “corredor humanitario” para los inmigrantes un viso de viabilidad que no tenía en absoluto antes del sábado 3.
Antes de ese día, se trataba de una especie de delirio alucinado, que chocaba tanto con la ausencia de acuerdos intergubernamentales como con la Venezuela cerrada, impenetrable, que habían construido Maduro y su pandilla. De pronto, todas las partes del delirio se han vuelto posibles: que haya un acuerdo subregional para abrir el tránsito; que grupos de inmigrantes se organicen para regresar, y que el gobierno de Caracas reabra sus fronteras.
Mejor todavía, el equipo de Kast diseñó correctamente el orden de sus gestiones pre-presidenciales: Argentina, Ecuador, Perú y después, eventualmente, Bolivia. Esto supone también reparar las relaciones vecinales dañadas por el amateurismo de Boric: con los desaires a Milei, su proximidad tóxica con el evismo en Bolivia y, mucho antes, sus referencias “ofensivas” a la entonces presidenta peruana Dina Boluarte.
Kast tendrá al frente a un Trump que poco tiene que ver con el que le tocó a Boric. El de ahora ha demostrado que el poder de Estados Unidos no tiene parangón en el mundo, y que es mejor creer en lo que dice, porque ese poder respalda hasta sus ideas más extravagantes. Por ejemplo: después de la incursión en Caracas, Trump inició la persecución de las “flotas oscuras”, diseñadas para burlar los embargos, sabiendo que la mayor de todas no es la de Venezuela, sino la de Rusia.
Trump ha establecido, implícita y explícitamente, que América es su área de influencia y no permitirá la injerencia en ella de otras potencias. Esta es una reinterpretación de Yalta, donde Roosevelt, Stalin y Churchill se repartieron el mundo. Trump se propone debilitar la silenciosa y astuta penetración de China, la osadía de Rusia, la infiltración de Irán e incluso algunas incursiones europeas que no le gustan, como la de la España de Pedro Sánchez, a quien, sin embargo, la derecha no ha conseguido derrotar. El favorito europeo es la Italia conducida por Giorgia Meloni, lo que significa que Kast tendría que revisar sus amistades españolas y reforzar las italianas, y así con el resto del mundo.
Esto exige una diplomacia sutil y profesional, nada de aventuras con innovadores o aficionados. Si alguna lección tendría que obtener Kast de las gestiones de Piñera y Boric en materia diplomática es que la repartición de embajadas entre los no profesionales no sólo es estéril, sino que deteriora los accesos a los círculos influyentes de los otros gobiernos. El único lugar donde sucede la diplomacia en serio es la Cancillería, demasiado maltratada en el segundo gobierno de Piñera y en el de Boric, a partir del absurdo supuesto de que esa burocracia profesional es inferior a los sueños grandiosos de los presidentes. No fue así, por supuesto. Y no lo será: hoy es más importante que en cualquier momento previo no tropezar con esta roca.
Trump no es un desafío político o económico; no es un repertorio de acuerdos comerciales ni una lista de reformas. Es, sobre todo, un desafío diplomático. Se trata de encontrar las formas adecuadas de hablar con alguien que sólo parece entender el lenguaje del poder, pero que, por otro lado, prefiere el regateo a la rendición. Trump es complicado y más complicada será su relación con América, empezando por la situación venezolana, además de Cuba, Nicaragua, México y Colombia. Su acuerdo con Delcy Rodríguez, una dirigente nacida de las entrañas del chavismo, además de decepcionar a muchos, sugiere una transición larga, que pondrá a prueba la paciencia de todos, como siempre ocurre con las transiciones. Conversar con esta Venezuela en ciernes será, nuevamente, una tarea muy difícil.
Esta semana renunció a la representación de Chile ante la ONU la embajadora Paula Narváez, para ubicarse como directora del Fondo de Población, uno de los 31 organismos de la ONU de los que Estados Unidos se acaba de retirar por órdenes de Trump. La embajada ante la ONU debía encabezar la campaña de Michelle Bachelet para la Secretaría General, por lo que esta renuncia tan anticipada parece un síntoma de que esa candidatura está perdiendo sustento. Por supuesto, bastaría con mirar los gestos de hostilidad de Trump hacia la ONU para darse cuenta de que ese sillón se ha vuelto muy incómodo. Y, después del sábado 3, parece probable que reciba también muchas órdenes desde la misma figura.
De modo que es posible que el nuevo mapamundi inste a la expresidenta a ahorrarle a Kast la incómoda decisión de apoyarla o no. Otro asunto para profesionales.
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