Columna de Max Colodro: La banalidad del bien

FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO



Por Max Colodro, filósofo y analista político

Humberto Maturana decía que el derecho a equivocarse y a cambiar de opinión debían incluirse en la Declaración Universal de los DD.HH. Porque la experiencia vital de toda persona está hecha de desaciertos y de la capacidad de aprender de ellos, ya que si hay algo cuestionable no es equivocarse sino insistir en el error. Además, ¿qué podría ser más noble que la disposición a reconocer desaciertos y la voluntad de enmendarlos, la apertura a evolucionar con el paso del tiempo y a asumir nuevos puntos de vista?

Es lo que la generación que hoy gobierna exhibe casi a diario: una en apariencia loable capacidad de modificar criterios en base a las nuevas circunstancias. En efecto, cuando eran oposición -apenas unos meses atrás- apoyaban sin problema los retiros de fondos previsionales, pero ahora que son gobierno los rechazan. Estuvieron siempre en contra de los estados de excepción, de utilizar a las FF.AA. para resguardar infraestructura crítica, de ponerle trabas a la inmigración ilegal. En su calidad de dirigentes estudiantiles y luego de parlamentarios jamás mostraron disposición a rechazar de forma categórica la violencia, ni menos de contribuir a que el orden público y el Estado de Derecho no fueran destruidos por la protesta social. Hoy, sin ninguna necesidad de explicaciones, defienden cosas completamente distintas.

También han mostrado una disposición casi adictiva a pedir disculpas. No hay semana sin que algún alto personero del Ejecutivo deba salir a reconocer un desatino y dar las excusas del caso, dejando sin embargo constancia de que esos desaciertos se explican casi siempre por expresiones mal interpretadas o sacadas de contexto. Desde que llegaron a La Moneda han insistido en este ritual, se ha abusado de él hasta el punto de convertirlo en una caricatura, en un formato en apariencia expresión de una gran nobleza y humildad, pero donde en el fondo ya no queda nada. Más bien, lo que se ha develado a estas alturas es su función como un recurso táctico, cuyo único fin es salir del paso sin asumir ninguna responsabilidad política.

Reconocer el error cuando ya no hay alternativa, pedir disculpas sin arrugarse, no asumir ningún costo y seguir funcionando como si lo acontecido no dañara la credibilidad y la confianza, son las etapas de este libreto. Que se usa incluso para decirle esta semana a sus aliados de centroizquierda que su pasado los condena, que carecen de la estatura moral que ostenta la actual generación en el poder, aquellos que delinearon su proyecto político desvalorizando todo lo construido por la anterior, y que ahora pueden darse el lujo de tener igual su colaboración subordinada.

Al final, lo que pudo parecer una genuina disposición a reconocer errores y a cambiar de posiciones terminó demasiado pronto siendo una pura y simple banalidad, una coartada frívola en el que, si alguna vez hubo algo de valor e intencionalidad genuina, definitivamente ha desaparecido.

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