La columna de Guarello: Postureo y oportunismo

Roman Abramovich

Roman Abramovich, dueño del Chelsea. Foto: AFP

"El tema es que en los deportes de alta competencia no importan demasiado las consideraciones políticas o derechos humanos si hay suficiente dinero para que no importen".



Durante más de quince años los millones de euros de Gazprom y la propiedad del Chelsea por parte del plutócrata ruso Roman Abramovich no causaron ningún tipo de problema para los ingleses. Los billetes, que nunca han tenido ideología, eran bienvenidos porque daban capital y potenciaban la Premier League. Pero Rusia invadió Ucrania y Abramovich, amigo de Vladimir Putin, se transformó en menos de 24 horas en un corrupto evasor de impuestos al que había que despojarlo de la propiedad del campeón de la Champions y hasta de la residencia en Inglaterra. Cosas que se sospechaban por muchos años recién importaron al poder político británico desde el miércoles en la noche.

Esta misma semana, la estrella del golf mundial Phil Mickelson tuvo que salir a explicar un enrevesado comentario a raíz de la intención de empresarios saudíes de crear una súper liga de golf, donde participarían sólo los más grandes y con premios tan groseramente enormes, que hasta los millones del PGA se verían opacados. Se habla de 400 millones de dólares. Al respecto y con el olor del dinero en la nariz, Mickelson dijo en una entrevista que conocía “el horrible historial de derechos humanos de los saudíes, pero esta era una oportunidad única en la vida”.

El tema es que en los deportes de alta competencia no importan demasiado las consideraciones políticas o derechos humanos si hay suficiente dinero para que no importen. El Mundial de Qatar es un sinsentido que no sólo alteró el calendario de la FIFA y obligará a jugar en un país minúsculo en estadios tan grandes como inútiles, sino que la construcción de dichos estadios ha implicado la muerte de más de 400 personas, la mayoría inmigrantes de la India, debido a las extremas condiciones laborales. Pero es un dato menor, que molesta pero no altera. Como tampoco molesta que Qatar sea una monarquía absoluta maquillada como constitucional, que se aplique la Sharía de forma estricta y que para el Mundial ya se anunciaron restricciones contra los gay y las mujeres. Da lo mismo, los qataríes pagaron por su espectáculo y la FIFA sólo presta el servicio.

Los trabajos de construcción del Estadio Icónico de Lusail, que recibirá la final de la Copa del Mundo 2022. Foto: AFP

Casas de apuestas, plutócratas rusos, millonarios orientales cuyas fortunas tienen mucha sangre en el camino, monarquías absolutas que descuartizan a los opositores como hicieron los saudíes con Yamal Jashogi, fondos del narco, auspicios de empresas chinas, son bienvenidos en el deporte profesional, sobre todo el fútbol, mientras no metan mucho ruido y no corten la llave de dólares.

Fue así que nadie boicoteó, ni se planteó siquiera, a los deportistas de Estados Unidos después de la insensata y criminal invasión a Irak. El deporte no se puede dar el lujo de prescindir de los millonarios derechos de televisión que se pagan en ese país para cada evento internacional. Que los iraquíes se arreglen como puedan, hay intereses que los pasan por encima como un camión.

Los derechos humanos o las consideraciones de orden ética y moral se aplican en el momento que sirven. Si Putin negociaba y no invadía Ucrania, a nadie se le hubiera pasado por la cabeza cuestionar a Abramovich. Pero, ya saben, en el mundo del postureo oportunista no se podía desaprovechar la oportunidad. Y los políticos ingleses, tan solícitos para buscar armas de destrucción masiva hasta destruir a Irak y dejarlo apenas en sus cimientos, ahora se escandalizan por el ruso del Penthouse del lado. El mismo con que compartieron decenas de eventos sociales y le celebraron alborozados poner al Chelsea, con gran arraigo en la comunidad negra y obrera de Londres, como el mejor equipo del mundo.

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