La conservación y restauración de la naturaleza como motor de la economía

PASCUAL ALBA SELVA VALDIVIANA



Por Macarena Soler, Fundación Geute.

Varias generaciones crecimos escuchando la potente voz del documentalista inglés David Attenborough, mostrándonos las maravillas del mundo por televisión. Hoy, en Netflix, podemos ver su último documental “Una vida en nuestro planeta”, donde el naturalista relata cómo ha visto desvanecerse el mundo natural en sus 94 años de vida.

El documental parte visitando las ruinas de Chérnobil, para ejemplificar lo que puede generar la mala planificación y los errores humanos. Algunos de esos mismos errores -a los que debemos sumar la codicia y el desarrollo económico extractivista- nos han llevado a una tragedia que vivimos día a día: hemos consumido la biodiversidad y los ecosistemas del mundo a un ritmo insostenible, lo que ha causado un desequilibrio en el planeta que nos podría llevar a consecuencias catastróficas, poniendo en peligro nuestra propia existencia.

En un planeta donde todo está interconectado, lógicamente nuestro país no está exento de estos problemas. Es cierto que en Chile hemos hecho algunos progresos positivos, como adoptar importantes compromisos globales que contribuyen a la protección de la biodiversidad, o avanzar en la cantidad de áreas protegidas, alcanzando al año 2019 un 18,5% de protección oficial de las ecorregiones terrestres y un 40,3% de las ecorregiones marinas.

Sin embargo, es preocupante que nuestro país se encuentre en el “top ten” de países que invierten menos en conservación a nivel global, detrás de países como Iraq, Angola o Eritrea. ¡El Estado invierte menos de dos dólares por hectárea! Y, peor aún, según datos publicados recientemente por Fundación Terram, el aporte fiscal ha ido disminuyendo cada año desde 2017. Para el año entrante, la propuesta de aporte fiscal para el SNASPE tiene una disminución de casi $550 millones, 9,5% menos que el de 2020.

Además, el 80% de la biodiversidad de Chile está fuera de las áreas protegidas y no dentro de ellas, por lo que sería lógico que el Estado propiciara el apoyo de los privados y la sociedad civil en tareas de conservación; sin embargo, no lo hace. No tenemos políticas públicas que incentiven una cultura de la filantropía ambiental e, incluso, tenemos un sistema tributario que castiga las donaciones con fines ambientales, imponiendo altos impuestos tanto al donante como al donatario.

La insuficiente inversión en conservación y el no incentivar la restauración de ecosistemas es riesgoso, incluso mirado desde lo meramente económico. La naturaleza proporciona una infinidad de servicios ecosistémicos, algunos de abastecimiento, como la comida, el agua, las materias primas para vestimenta, o la madera, y otros de regulación, como el ciclo de agua, o la regulación del clima. Si estos servicios son explotados de manera insostenible, se producen graves consecuencias socioeconómicas. Por ejemplo, los bosques nativos ayudan a capturar el agua de lluvia, aumentar la humedad del ambiente y retener el agua en el subsuelo, lo que, a su vez, ayuda a recargar los acuíferos, además son el hogar de otras especies de las que dependemos directa o indirectamente. Si talamos este bosque y, en consecuencia, perdemos sus servicios, las personas que viven en las cercanías pierden sustento económico (leña, productos del bosque), fuentes de alimento (frutas, hongos), pérdida de suelo por erosión y reducción en la provisión y acceso al agua.

Por el contrario, si invertimos en conservación y en restauración, los beneficios económicos son evidentes. Tomemos el caso de la República de Palaos, un archipiélago compuesto por más de 500 islas en la región de Micronesia. Palau prohibió desde el 2005 la pesca en el 80% de su territorio marino para permitir que la vida marina se recuperara. Esto ha generado que las poblaciones de peces ya se hayan duplicado en las áreas protegidas, generando una serie de beneficios para los pescadores locales. La explicación es simple: cuando la biomasa aumenta dentro de las áreas protegidas, el derrame resultante de poblaciones de peces adultos en aguas no protegidas conduce a capturas más abundantes para las pesquerías locales.

Como dice David Attenborough, “una especie solo puede prosperar cuando todo lo que la rodea prospera también. Necesitamos redescubrir cómo ser sostenibles. Si podemos cambiar nuestra forma de vivir en la Tierra, se vislumbra un futuro alternativo. En ese futuro, cosechamos la tierra con técnicas que ayudan, en vez de dañar a la naturaleza. Pescamos con métodos que permiten al mar reponerse rápidamente. Y explotamos los bosques de forma sostenible. Finalmente, aprenderemos a trabajar con la naturaleza y no contra ella”.

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