La inflación: una nueva plaga



Por César Barros, economista

Se nos viene la inflación. Una parte importada, y otra por nuestros propios pecados. Está siendo un problema mundial, que preocupa a los EE.UU., Alemania, Turquía y China. Pero a nosotros debería preocuparnos aún más.

Muchos ilusos creen -o más bien quieren creer- que se trata de un fenómeno pasajero. Pero la verdad es que nunca el mundo había visto transferencias monetarias a personas y empresas, como las sucedidas a raíz del Covid, y a no tanto tiempo de las ocurridas por la crisis subprime a partir del 2009. Y como decía Milton Friedman: “al final, el dinero importa”. Se gasta y se compra más que antes, y por eso los precios suben. No es necesario esperar lo que diga el INE cada inicio de mes para darse cuenta que la inflación se viene, y con fuerza. Sin tanto dinero a mano, no subiría el cobre, los pagos diarios a temporeros, ni serían tan escasos los chips.

Y en Chile, somos los campeones mundiales en transferencias monetarias: el IFE, Fogape I y II, los retiros de las AFP. Y esto se refleja, naturalmente, en los precios de los bienes importados y no importados. Se refleja en la escasez de la mano de obra (al aumentar los ingresos, aunque sea en forma temporal, las personas le dan más tiempo al descanso y la diversión... es economía 101) y los precios intensivos en ella: los servicios.

Y como si fuera poco, la incertidumbre política agrega sus buenos puntos. A pesar del alza de tasas del Banco Central y el precio récord del cobre, el dólar sube y sube sin parar. Y la incertidumbre política chilena tiene para rato, porque aparte de elecciones de Presidente, parlamentarios y Cores, está la Convención Constitucional que puede terminar con los elegidos mucho antes de lo que todos pensamos. Y la relación de un nuevo Presidente y un nuevo Congreso con la Convención, será naturalmente tensa.

La inflación es muy maldita: en primer lugar, no es corta, ni tan coyuntural. Es más bien larga, porque se forman expectativas sobre su futuro, y en base a esas expectativas se toman decisiones y se firman contratos (volvemos a “ufeizarnos” y con eso a volver la plaga más larga). Romper esas expectativas requiere de políticas duras y también creíbles (Volcker en su momento, Thatcher en el suyo). Políticas que no son amables con el consumo, ni con el empleo, y que también son largas en el tiempo.

Más encima, la inflación suele ser muy errática: los gobiernos tratan de pelearle -como en Argentina- fijando precios, o fijando el dólar, con resultados de muy corto plazo y que a la larga son peores que estas medidas simplistas. La verdad es que no le resultaron a Nixon, a Pinochet (dólar a $39) ni a Perón, y ahora menos a Fernández.

Esta inestabilidad de la inflación lleva a postergar decisiones de inversión, llevar ahorros a lugares más tranquilos y acortar los plazos de todos los contratos desde arriendos a préstamos. Y castiga sobre todo a los más pobres y a los más jóvenes.

Cuando “la platita” no alcanza, hay presiones salariales más que comprensibles, pero también mayor conflictividad laboral. Se acaban los préstamos hipotecarios a 25 años, y las tasas saltan de UF+1,5% a los UF+6% de ahora.

No le echemos toda la culpa al mundo; lo que se nos viene es por nuestros pecados: el desfonde de nuestras instituciones. La mala calidad de nuestros liderazgos aumenta y dinamiza la inflación mundial que importamos.

Y mientras la inflación dure, quienes no pueden comprar dólares, postergar decisiones, o hacerle el quite a la UF sufrirán el costo. Y ellos son siempre los más vulnerables y los más jóvenes.

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