La narrativa constituyente que jubiló a la política



Por Paula Walker, profesora Escuela de Periodismo Usach

Tiempos revueltos vivimos. Las cosas que eran ya no son tanto, lo que antes funcionaba ahora ya no. Los que se fueron para prepararse y volvieron para que los eligieran, ya nadie les recuerda o, peor aún, no les dan la confianza para que los representen.

Sabemos que la desconfianza hacia la política ha calado hondo. La dictadura chilena fue exitosa en eso, durante los 17 años se machacó la idea de que los señores políticos eran unos ladrones, que ser demócrata se hacía “a mi manera”, que la dictadura era una “dictablanda”, que los partidos políticos no eran necesarios. Se hablaba de pronunciamiento militar en vez de un golpe militar.

Han pasado casi 48 años desde el golpe militar. Han pasado 30 años desde la recuperación de la democracia. Han pasado 7 gobiernos, de varios signos políticos. Íbamos en esa parte de la historia cuando octubre de 2019 se impuso por la fuerza de las ideas y del hastío. Ahí la derecha comprendió que no se podía seguir exigiendo y aceptó que la Constitución se acabaría. Fue la política la que se puso de acuerdo y pactaron que Chile se merecía el poder constituyente. Y salimos a buscar candidatos y candidatas.

Es gracias a la elección de las 155 personas del poder constituyente que una nueva estética política se instaló en la agenda pública. Una estética que nos muestra otros códigos, discursos diferentes, habilidades nuevas, otros liderazgos, más mujeres y más jóvenes. La estética en la política es muy importante. Cómo se ven las y los candidatos, qué símbolos rodean su vida, su manera de estar en los trabajos que realizan, los libros que leen, la música que comparten, sus causas. La biografía de cada candidato y candidata delata sus detalles más íntimos, sus pasiones, sus decisiones, sus renuncias, o las acumulaciones que ostentan, de todo tipo, las buenas y las malas.

Ahora que es un año de candidaturas varias, las diferencias estéticas y de contenidos entre la política tradicional y el poder constituyente se han vuelto notorias. En el circuito formal y tradicional de la prensa, hacen esfuerzos por entender esta nueva narrativa y el imaginario del poder de los y las constituyentes. Incluso al principio les llamaron “desconocidos y desconocidas”, pero en los territorios fueron elegidos masivamente porque eran personas destacadas y respetadas por sus comunidades.

Este cambio que nos regaló el poder constituyente es el estándar para ejercer el poder hoy: escuchar a las organizaciones sociales, de base, ir al territorio (y no solo escucharse entre los mismos de siempre); confrontar ideas y argumentos (y no callarse por miedo a molestar a la derecha o a los poderes fácticos); construir colaborativamente la casa que habitaremos (y no construir mi palacio y dejar al resto el patio trasero) y hablar con la verdad, por compleja que sea.

Aparentar ser quién no se es, tapar el sol con un dedo, decir que es verdad lo que a todas luces parece mentira, es el camino equivocado.

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