Opinión

La paciencia de los sobrevivientes

Aton Chile JUAN EDUARDO LOPEZ/ATON CHILE

Cuatro años después del 4 de septiembre de 2022, algunas figuras, en particular de la centroizquierda, han comenzado a revisar públicamente el voto que emitieron en aquel plebiscito. Hay quienes dicen que hoy no volverían a votar Apruebo; otros mantienen su decisión, aunque reconocen los excesos del proceso. Es una discusión legítima. Pero, a estas alturas, la pregunta más interesante no es qué votarían hoy, sino qué se entendió o todavía no se termina de entender de quienes votaron.

Después de aquel 4 de septiembre Chile hizo algo bastante excepcional. Rechazó ampliamente una propuesta constitucional surgida de un proceso democrático abierto tras el estallido social y, poco más de un año después, rechazó también una segunda propuesta, elaborada bajo una correlación política prácticamente inversa.

Dos procesos. Dos textos. Dos mayorías distintas. Dos rechazos.

Hay allí una señal que sigue sin ser completamente procesada. Durante estos años se ha hablado mucho de la volatilidad de los ciudadanos, de su impaciencia, de su escasa fidelización con partidos, instituciones o proyectos y de una sociedad que exige respuestas cada vez más inmediatas. Con frecuencia, esa conducta se describe casi como una anomalía.

Tal vez el fenómeno sea exactamente el contrario. En un período extraordinariamente breve, los chilenos atravesaron una crisis social de enorme magnitud, una pandemia, inflación, incertidumbre laboral, deterioro de la seguridad, dos procesos constitucionales y una sucesión de expectativas políticas que prometieron, desde lugares muy distintos, inaugurar una nueva etapa. Y, mientras todo aquello ocurría, siguieron trabajando, criando, emprendiendo, pagando cuentas, votando y tratando de construir certezas dentro de una conversación pública que oscila entre la épica y la catástrofe.

Más que impacientes, son sobrevivientes.

Y los sobrevivientes desarrollan una capacidad valiosa: aprenden a reconocer qué puede mejorar sus condiciones de vida y qué amenaza los equilibrios mínimos sobre los cuales la organizan. Desde esa perspectiva también puede leerse el 4 de septiembre. Una ciudadanía que dos años antes había votado masivamente por cambiar la Constitución no necesariamente dejó de querer transformaciones. Rechazó una determinada manera de procesarlas. Y cuando después recibió una propuesta proveniente del otro extremo político, volvió a decir que no.

No parece una ciudadanía confundida, sino más bien una que ha enviado señales bastante consistentes y que continúa siendo leída desde marcos demasiado estrechos.

Se repiten entonces algunas consignas conocidas: que Chile giró a la izquierda; que la desinformación explicó el resultado; que después corrigió hacia la derecha; o que los ciudadanos simplemente votan contra quien gobierna. Cada una de esas lecturas puede contener una parte de verdad. El problema es que un atajo interpretativo no puede convertirse en diagnóstico completo.

Tal vez eso ocurra porque sigue pendiente una reflexión incluso anterior al proceso constitucional: qué fue el estallido social, cuáles fueron sus causas, qué malestares expresó, cuánto tuvo de demanda legítima por cambios, cuánto de ruptura de los límites democráticos y qué consecuencias dejó sobre la convivencia, las instituciones y la percepción de estabilidad del país. Lamentablemente, hasta ahora no se ha logrado construir una síntesis suficientemente compartida sobre ese período.

Cuatro años después del Rechazo, sería fácil convertir la fecha en un inventario de arrepentimientos o victorias: quién tuvo razón, quién se equivocó, quién advirtió antes o quién entendió después. Pero hay una conclusión bastante más útil.

En estos años, la ciudadanía ha estado expuesta a una cantidad extraordinaria de incertidumbre y, aun así, ha mostrado una notable capacidad para marcar bordes. Demandó cambios, pero no cualquier cambio. Rechazó que su voluntad fuera interpretada como una autorización para avanzar sin contrapesos y volvió a hacerlo cuando la dirección propuesta fue la contraria.

Puede que eso no sea falta de convicción. Puede que sea una forma particularmente sofisticada de ella.

Tal vez por eso, a cuatro años del 4 de septiembre, convendría dejar de preguntarse por qué los ciudadanos cambian tanto y observar cuánto han debido absorber, adaptarse y resistir.

Porque la impaciencia que suele atribuírseles convive con algo que no se les ha reconocido: mientras la política ha oscilado entre diagnósticos, promesas y correcciones, la ciudadanía ha mostrado una notable capacidad para adaptarse, poner límites y seguir adelante.

Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos, Feedback.

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