La plaza y la ciudad



Por Carolina Tohá

La plaza ya no tiene nombre. Se disputa su denominación formal, Baquedano, con su nombre coloquial, Italia, y su reciente designación ciudadana como Plaza Dignidad. Sus áreas verdes son tierrales, sus cunetas apenas se distinguen, sus veredas son un collage de parches y hoyos. Sus negocios están cerrados, tapiados o agónicos. En su explanada han sucedido las mayores manifestaciones de nuestra historia y se han vivido graves situaciones de abuso policial: personas han perdido sus ojos, han sido heridas, han sido empujadas desde el puente al lecho del río. En las protestas ha convivido la expresión pacífica y la épica democrática con actos de violencia. Centros culturales, estaciones del Metro, iglesias y universidades han sido incendiados, locales han sido saqueados, luminarias y semáforos arrancados de cuajo. Con el tiempo, las grandes manifestaciones han dado lugar a escaramuzas en que manifestantes y policías se disputan las calles con piedras, gases, chorros de agua y barricadas. El resultado es que la destrucción se acumula, la vida cotidiana se enerva y la policía confirma semana a semana que no se la puede.

Cada sábado, después de los habituales incidentes del viernes, el general Baquedano ha amanecido radiante, bañado en una gruesa capa de pintura negra, y su pedestal repintado en tonos que varían entre café barquillo y amarillo pollito. Alrededor suyo queda el polvo levantado por la contienda y todo sigue decayendo, incluyendo los monumentos al Genio de la Libertad y a Balmaceda, que no reciben las mismas atenciones, así como el parque que lleva su nombre, que nunca más tuvo una luminaria. Y ahora esta escena insólita sigue siendo la misma, pero la estatua de Baquedano ha sido reemplazada por un pedestal vacío y un imponente muro de hierro.

Ante los reclamos por el retiro del monumento, el Presidente Piñera asumió el temerario compromiso de restituirlo antes del fin de su mandato, pese a que cualquier análisis razonado diría que si se quiere homenajear a Baquedano el lugar para hacerlo no es ese, donde se ha transformado en el ícono de una disputa. Sus detractores y defensores podrán debatir sobre su legado, pero está claro que ya no representa una figura de unidad que justifique instalarlo en el corazón del espacio público más relevante de la capital.

Este proceso ha confirmado lo invisible que es la ciudad en el debate político del país. El interés por la suerte del monumento a Baquedano no ha tenido un correlato equivalente en la preocupación por el espacio público que lo alberga, cuya importancia urbana es indiscutible, pero ahora alcanza una nueva dimensión por haber sido la sede de un hecho histórico como el estallido social. El dilema de la Plaza Italia/Dignidad ha corrido la misma suerte que otros temas urbanos, como la segregación socioespacial, la inequidad del financiamiento municipal o la movilidad sostenible. Son materias que no entran en las prioridades políticas, no se discuten en las campañas y cuando se abordan es con superficialidad, sin una mirada de largo plazo y con escasa consideración de las personas que usan los espacios y viven los barrios.

Chile es uno de los países más urbanizados del mundo con el 88% de su población viviendo en ciudades. Somos además uno de los países más centralizados del planeta. Nuestros actuales debates sobre la Constitución, el modelo de desarrollo, la desigualdad, la calidad de la democracia y la emergencia climática solo se abordarán con éxito si la perspectiva de las ciudades está al centro. Por eso, cuando este 11 de abril elijamos convencionales constituyentes, autoridades municipales y nuevas o nuevos gobernadores, busquemos personas que entiendan la importancia de las ciudades en nuestra sociedad y en nuestras vidas.

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