La renuncia a la arquitectura



SEÑOR DIRECTOR:

A partir de la decisión que se ha tomado en Valparaíso de fomentar la pintura de murales sobre las fachadas de valiosos edificios situados en lugares sometidos a un constante vandalismo, creemos que la administración pública, nacional y local, juega un rol tan gravitante en nuestras ciudades que está llamada a predicar con el ejemplo. Es un rol que demanda experiencia y capacidades técnicas y políticas, sobre todo en ciudades de gran valor histórico pero vulnerables como es Valparaíso y su área inscrita en la lista de Sitios del Patrimonio Mundial.

Un atributo del declarado “Valor universal excepcional” de Valparaíso es su arquitectura, agente indiscutible del paisaje urbano y cultural. Expresiones de distinta escala, época, estilos y formas de vida, erigidas con dispositivos de adaptación a un contexto geográfico y topográfico singular, hicieron que este patrimonio urbano y arquitectónico fuese considerado como “un testimonio único, o por lo menos excepcional, de una tradición cultural o de una civilización viva o desaparecida”, con condiciones de integridad y autenticidad.

Para conservar estos atributos, lo esperable es actuar para poner en valor la arquitectura, no para opacarla. No es aceptable utilizarla como mero telón de fondo, ni sustrato de un efímero y arbitrario grafismo, ni nada que impida apreciarla en su auténtica expresión artística, ambiental y tridimensional, ignorándola y desintegrando el conjunto urbano que conforma.

Existen estrategias para la valorización de la arquitectura en el espacio público y la contención de vandalismo y grafitis, incluyendo la conocida “política de las ventanas rotas”, que es la voluntad de una restitución persistente por parte de la autoridad, como el borrado y repintado permanente, uso de eficaces barnices anti rayados, capacitación técnica y financiamiento de comunidades para la mantención de sus fachadas, entre otras.

La discusión sobre murales en edificios y espacio público no es nueva y exige de las autoridades la capacidad de discernir dónde y cómo hacerlo. Ciertamente hay muros aptos, como es el Museo a Cielo Abierto en San Miguel, conjunto de sesenta y cuatro obras de gran formato en medianeros ciegos. Así también hay fachadas y edificios que jamás deben ser desfigurados. La autoridad y la comunidad no pueden renunciar a proteger y promover la arquitectura en las ciudades. Rendirse no puede ser política pública.

Paz Undurraga

Sebastián Gray

Arquitectos

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