Opinión

La tecla argentina de Estados Unidos

El principal socio comercial de Chile es China y el principal inversionista del país es Estados Unidos, que históricamente ha considerado Latinoamérica su zona de influencia. Esa presencia fue progresivamente descuidada por el país del Norte post 2001, concentrándose en el Medio Oriente. En la misma medida, China comenzó a expandir sus inversiones en Centro y Sudamérica. La historia de este proceso la cuenta Francisco Urdinez en su libro “Desplazamiento económico” (Ariel, 2026).

¿Cuál es el objetivo central de China? Asegurar cadenas de suministro de materias primas, en particular aquellos minerales vinculados a las nuevas tecnologías que están definiendo el siglo XXI. Pero Estados Unidos, como muestra Daniel Yergin en “The New Map” (Penguin, 2021), está exactamente tras los mismos objetivos de seguridad energética.

Últimamente, Estados Unidos se ha esforzado por recuperar el tiempo perdido en Latinoamérica. Y el retorno ha ido creciendo en agresividad. Durante la primera administración de Trump hubo fuertes roces con el Presidente Piñera por la concesión de la fabricación de pasaportes y cédulas de identidad, así como por el proyecto de cable submarino de Huawei. Chile tuvo que agachar el moño. Y China respondió con garrote y zanahoria: “Descubriendo” Covid en cerezas y salmones, al tiempo que anunciaba grandes inversiones mineras y tecnológicas en Chile, incluyendo una fábrica de vacunas, luego del éxito de Sinovac. Muchos de esos anuncios, por cierto, nunca terminaron de concretarse.

Estados Unidos ha sido, en este periodo, más de garrote que de zanahoria con Chile. La amenaza de sacarnos del programa Visa Waiver ha sido reiterada, y Chile ha terminado siendo el escenario de no pocos choques diplomáticos directos entre China y el país del Norte. Una situación absolutamente incómoda.

¿Qué tiene que ver Argentina en todo esto? Nuestro vecino fue uno de los beneficiarios de los préstamos chinos durante la cleptocracia kirchnerista. Esto les facilitó establecer bases de exploración “científica” en la Patagonia, con la Antártica y el Mar del Sur en la mira. Sin embargo, bajo Milei esta situación se revierte: ahora las ayudas vienen de Estados Unidos, que también toman posición en la Patagonia, y particularmente en Ushuaia. Argentina, a diferencia de Chile, se sube por completo y sin ambages a la agenda global de Trump. Luego, se ha convertido en el favorito regional.

Chile, en cambio, está bajo intensa presión. No sólo Perú y Argentina reciben flotas de F-16 que, sumadas a los drones iraníes de Bolivia, vienen a desestabilizar los equilibrios militares del Cono Sur, sino que el Estrecho de Magallanes vuelve a convertirse en un paso estratégico debido a los problemas del Canal de Panamá.

En Argentina se está levantando una polémica ficticia en torno a que Chile estaría “ayudando” al Reino Unido a administrar las islas Malvinas por dejarle libre paso por el estrecho a buques británicos con ese destino, cuando los mismos acuerdos que le dan soberanía a Chile sobre el canal (1881, 1984) establecen ese libre tránsito para cualquier embarcación de cualquier nación.

Pero ni la polémica ni las declaraciones de altos mandos son tan inocentes. Estados Unidos lleva meses amenazando al Reino Unido con desconocer su dominio sobre las Malvinas si no obedece a Washington en asuntos de gasto y de despliegue militar. Tal como dejó tirado a Corea del Sur en los ejercicios militares por no haberlos apoyado con Irán, adulando incluso a Corea del Norte. Argentina ve las islas muy cerca.

Considerando esos ejemplos, Chile está en una situación altamente expuesta: Estados Unidos, para torcernos la mano, puede usar perfectamente la presión fronteriza argentina. Basta un leve gesto. Y nosotros quedaríamos atónitos. ¿Qué hacer? Subir los costos de amenazarnos para Argentina, acelerando la cooperación económica con ellos, por un lado, pero también reforzando nuestras fronteras. Subir también los costos políticos de amenazarnos, aceitando nuestro arsenal jurídico internacional, pero tomando en cuenta que por algo tenemos ejército y no sólo lápices para firmar tratados. Quizás sería bueno prepararnos para fabricar drones, robots sencillos y minas inteligentes.

Vaya época.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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