La tregua



Como es habitual, el áspero debate público experimentó una tregua con ocasión de la celebración de Fiestas Patrias. Ni la acusación constitucional contra la ministra de Educación, ni algunos proyectos de ley que copaban titulares fueron tema en estos días. Es más, tampoco la nueva información revelada en Brasil sobre financiamiento ilegal a la campaña presidencial de Michelle Bachelet pareció capturar la preocupación de la ciudadanía ni tampoco del Ministerio Público.

Sin embargo, la tregua no es excusa para reflexionar sobre el país que queremos y sobre el estado de nuestra política y sus instituciones fundamentales. Hace poco, los profesores de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro "Cómo mueren las democracias", asociaban el éxito del sistema democrático al buen desarrollo de muchas naciones. Por su parte otros autores han ofrecido respuestas económicas y sociológicas ante la misma interrogante. Con todo, esas explicaciones pueden ser insuficientes. Lo que pone realmente en juego el desarrollo de una sociedad es la evolución de la moral compartida, consecuencia necesaria de nuestra evolución cultural.

El principal medio del que se sirve la moral es la influencia del grupo sobre cada individuo y la importancia que el grupo representa para cada ser humano. En la medida que la disposición en favor de la cooperación de unos con otros se diluye, el altruismo cede su lugar a los intereses individuales. La presión selectiva de algunos comportamientos éticos se abandona y las normas que benefician al grupo se erosionan. El fracaso de una sociedad está entonces a la vuelta de la esquina.

Por lo mismo, solo la amalgama de valores compartidos cementa un correcto funcionamiento social, y la fortaleza de las instituciones explica a su vez el éxito de unos y el fracaso de otros. Para Jared Diamond entre los factores que propician la existencia de buenas instituciones están la ausencia de corrupción, sobre todo gubernamental, la protección de los derechos de propiedad privada, la vigencia vigorosa del estado de derecho, esto es, la existencia de leyes que determinen lo que debe ocurrir y el que tales leyes se apliquen, el bajo índice de delitos de asesinatos y violencia en general, y la eficacia del gobierno.

En este sentido, nuestro país y sus instituciones tienen una deuda que no podemos ignorar ya que en forma recurrente surgen dudas respecto de uno o más de los factores descritos. Esta deuda no se cobra mediante violentos emplazamientos en redes sociales, ni se salda por medio de populismo legislativo e hiperinflación punitiva. Actuar es fácil y pensar es difícil. Quizás por ello, de un tiempo a esta parte, el pensamiento ha cedido su espacio a un actuar irreflexivo y oportunista. En la agenda pública predominan ideas mal adaptadas y se propagan falsas creencias, desatendiendo la necesaria tregua que permita rescatar aquel ideario compartido de nuestra evolución moral y cultural.

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