Las violencias en Chile



Por Paula Walker, profesora Escuela de Periodismo Usach

Vivimos bajo el cinismo de las condenas a la violencia, siempre y cuando nos convenga. Esporádicamente, algún hecho simbólico despierta los demonios y un coro de medios de comunicación y voceros de diferentes intereses levantan sus argumentos y condenan la violencia. Eso sí, hablan de ciertas violencias y otras no las mencionan.

La condena es implacable cuando la violencia es material, sobre todo si se trata de una estatua, una iglesia, una estación de metro. Mientras más fierros estén involucrados en los actos de violencia, más portadas y minutos de TV tienen.

¿Y cuándo se trata de personas? Ahí la violencia comienza a tener una serie de matices y justificaciones dependiendo de qué sector social o político lo diga. ¿Es violento que una persona sea atropellada y quién conduce se escape y la deje morir sola? ¿Es violento que carabineros disparen a la cara de quienes protestan y queden mutiladas o ciegas? ¿Es violento que un estudiante le grite a una profesora que su familia le paga el sueldo cuando se le exige ciertos comportamientos? ¿Es violento que a una señora que vende mote con huesillos la policía le de vuelta su carrito? ¿Es violento que la comunidad de un edificio les prohíba el ingreso a funcionarios de la salud? ¿Es violento que el dueño de un predio levante un portón y se adueñe de una playa que por ley es pública? ¿Es violento que a un carabinero lo ataque un grupo y quiera matarlo a golpes? ¿Es violento que una marcha de neonazis -escoltados por carabineros- ataque a transeúntes? ¿Es violento que una mujer mapuche dé a luz engrillada?

Cuando un rostro de televisión le corta el pelo a un trabajador por gracia, o un alcalde abusa sexualmente de mujeres que trabajan en su municipio bajo la amenaza de perder el empleo, o un cura abusa de niños amparado en su investidura, o las niñas de residencias de menores son víctimas de bandas de explotación sexual y no pasa nada, como país nos hacemos más y más violentos. ¿Y los femicidios que nos conmocionan periódicamente? ¿Y el asesinato de niños, como Tomás, hasta ahora impune? ¿Y la violencia a puertas cerradas en la mayoría de las familias chilenas? ¿La violencia física y sexual contra mujeres, contra niños y niñas? ¿Y las personas migrantes tratadas como si no existieran? ¿Y el hambre y la falta de agua en comunas pobres? ¿Y el abandono de las personas mayores? ¿Y el asesinato de las personas que tienen diferentes identidades sexuales? ¿Y la corrupción?

Vivimos en un país que tolera las violencias. Una comunidad que convive con acciones violentas cotidianas, en ambientes públicos y privados, normalizadas por sus líderes e instituciones. Se violan los derechos humanos, antes y ahora, en dictadura y en democracia, y no es escandaloso. Corremos a diario los límites, toleramos y toleramos, y cuando estalla la rabia, la culpa es de los delincuentes. Parece broma, pero es la realidad que hemos construido y que atraviesa nuestra convivencia.

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