Hace mucho tiempo, en un lejano reino más allá de los mares tormentosos, se decía que el jugador era lo más puro que tenía el fútbol. En esos tiempos remotos, dice el abuelo de larga barba blanca que sostiene el polvoriento volumen de cuentos frente a la mirada atenta del pequeño nieto enfundado en su traje de marinerito, los jugadores eran muchachos humildes, que gustaban de entrenar, se preocupaban del partido del domingo y su gran sueño era jugar en Primera División y tal vez, si el destino así lo decidía, vestir la camiseta de su respectiva selección. Entonces, el entrenador era un ser respetado, al que se le trataba de usted y se le hacía caso.

-Cuentos de hadas, piensa el nieto.

-Lo es, responde el abuelo.

Hoy, como señaló uno de los asistentes al estadio La Granja el lunes pasado, un delantero como Pablo Mouche se permite instalarse en la punta izquierda mientras le crecen líquenes y enredaderas en los botines; un volante central como Carlos Carmona se convierte en puerta giratoria y remata su faena metiendo una plancha criminal o un defensa central con tremenda chapa como Juan Manuel Insaurralde es anticipado en todos los balones y se lo llevan a la rastra apenas le echan a correr la pelota. Así como el público paga entre 10 y 25 mil pesos por la entrada, a ellos les pagan más de 15 millones mensuales para hacer lo mismo: mirar el partido.

Hoy todos son referentes si alguien, ellos sobre todo, lo deciden. Entonces cuando un entrenador determina que Agustín Orión no va a ser titular ni suplente, de mala forma convengamos, con ese ímpetu del quien se lo tragó un personaje, los referentes verdaderos y falsos comienzan su tarea de desgaste.

Juegan cuando quieren.

Dicen que la declaración de guerra fue la salida de Orión. Para los histéricos, sepan que la decisión técnicamente era irreprochable: el arquero se retiró del fútbol, ya no podía jugar. Después ya saben, el equipo nunca más despegó, pudo esconder su nivel y proyección gracias a la suspensión del fútbol auspiciada por los mismos jugadores y se creyó el espejismo de la Copa Chile.

Era una pelea permanente entre el entrenador, que no paraba de tomar malas decisiones y reaccionar sanguíneamente, y un grupo de jugadores al borde del retiro que supone que el club les pertenece. Esto, sazonado por treinta pelafustanes empecinados en reventar a su propio club a punta de bengalas.

Entre el obtuso y los divos, y los papiones tirando bengalas, el equipo no tenía salida. Y no tuvo. Salas se fue, los jugadores se quedan. Supongo que no se van a dejar perder con la U de Conce también.

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