Lo precioso de los libros
El antiintelectualismo -esa idea de que existe una élite intelectual dañina o parasitaria, que debe ser combatida para beneficio del pueblo- es más viejo que el hilo negro.
Y se expresa desde ambos extremos.
Por izquierda, con la Revolución Cultural maoísta mandando a los académicos a “reeducarse” al campo, y con el Khmer Rouge considerando sospechoso de contrarrevolucionario a cualquiera que usara anteojos, hablara un idioma extranjero o leyera libros.
Por derecha, con los ataques a los “artistas degenerados” y los “intelectuales conspiradores” que caracterizan al fascismo y que suelen terminar en hogueras de libros, un ritual de purificación que vimos en Chile en 1973, mientras la dictadura exiliaba intelectuales, intervenía universidades y clausuraba facultades “sospechosas” como sociología o teatro: el pensamiento crítico era subversión; a la universidad se va a aprender un oficio y a acatar la autoridad.
En la política contemporánea, el monstruo del antiintelectualismo ha cobrado nueva vida.
En Estados Unidos, el gobierno persigue a las universidades, elabora índices de temas de investigación prohibidos, y retira libros de autores “peligrosos” como Isabel Allende o Ray Bradbury de las estanterías de los colegios.
En Argentina, el presidente encabeza una furiosa seguidilla de ataques e insultos personales contra científicos, artistas, intelectuales, y lo que llama “mentira socialista” en la ciencia.
En Chile, José Antonio Kast ha enarbolado “ideas” similares, negando el consenso científico sobre la crisis climática, y prometiendo cerrar la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y eliminar el ministerio de Cultura.
En su última campaña se mostró más mesurado, pero el concepto de fondo es el mismo: que el trabajo de científicos, intelectuales y artistas suele ser dañino o irrelevante; un botadero de plata. La estrategia es sacar de contexto algún incidente, real o inventado (una investigación cuyo título suena frívolo, un paper de nombre pomposo o ridículo) y convertirlo en norma general, como estandarte del “sentido común” frente al esnobismo de una élite intelectual que vive en Plutón.
Esta semana, Kast afirmó: “En Valdivia, donde tuvo este ataque la ministra Lincolao, hagámosle un seguimiento a todos los recursos que se han entregado en los centros de educación y veamos cuál es el resultado de esos recursos que hemos entregado, y se van a sorprender”.
El presidente no dice nada. No es un razonamiento, ni una denuncia, ni un dato. Simplemente instala la sospecha, vinculando a las universidades con violencia y con despilfarro, y dejando que el público complete la frase (¿cuál es esa “sorpresa”?) con sus propios perjuicios.
Y luego vino la frase que causó mayor escozor: “500 millones para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”.
De nuevo, no hay ningún dato real, ninguna crítica fundada, ninguna propuesta inteligible de mejora (¿a qué investigación se refiere? ¿quién recibió 500 millones por “un libro precioso”?). Científicos ya han desarmado, con argumentos contundentes, la supina ignorancia que significa creer que toda investigación debe estar destinada a “generar empleo”: si la Humanidad hubiera pensado así, aún estaríamos en las cavernas.
Pero la frase de Kast es algo más que un exabrupto; conecta perfectamente con la idea de que la ciencia, el pensamiento crítico y la investigación son distracciones superfluas en las que no debemos invertir.
Aquí la inspiración es Milei, quien en apenas dos años destruyó la institucionalidad científica en Argentina, bajando a la mitad la inversión del país en Investigación y Desarrollo (I+D).
En Chile, las señales son alarmantes.
El famoso “Oficio Quiroz” ordena desarmar el sistema de apoyo a la ciencia y la investigación, eliminando o reduciendo 19 de los 29 programas del ministerio de Ciencias. Se guillotinan (“descontinúan”) los programas de apoyo a la innovación en educación superior; becas de postgrado, tanto en Chile como en el extranjero; los Centros de Excelencia en Investigación y Desarrollo; el Fondo de Publicaciones Científicas; el Programa Iniciativa Científica Milenio (ICM); el Programa de Inserción de Investigadores en el sector productivo, entre otros.
Y hay más: según La Tercera, el subsecretario de Ciencias presentó su renuncia tras recibir la orden de despedir a casi un tercio de los funcionarios de la ya exigua planta del ministerio.
Educación y Cultura también han sido mandatados a ejecutar gigantescos recortes, eliminando planes de fomento a la lectura y la escritura, becas y apoyo a estudiantes e investigadores. Y en el ministerio de Cultura, además de la absurda paralización de los trabajos del GAM, que significa botar a la basura más de 6 mil millones de pesos, ya se concretó un machetazo de 10% para este año (más del triple del 3% estipulado para los ministerios, lo que deja en claro lo “prioritaria” que es la cultura para este gobierno).
Y esto ocurre en un país que ya invierte apenas el 0,39% del PIB en Investigación y Desarrollo; estamos en el sótano de la OCDE, que tiene un promedio de 2,9%, e incluso del promedio de América Latina, que es 0,7%. Pese a esto, nuestros investigadores y científicos han demostrado enorme eficiencia: dentro de la región, somos primeros en el índice mundial de innovación, y segundos en producción científica. Nuestros números en investigación y patentes son destacables.
O sea, la realidad es exactamente la contraria de la que el gobierno trata de presentar, sin cifras ni datos, solo con una engañosa apelación al “sentido común”. Chile gasta muy poco en ciencia, y logra bastante, pese a esos escasos fondos.
Otros gobiernos al menos han prometido (aunque han cumplido poco) fomentar el desarrollo científico como base para innovar, complejizar nuestra economía y generar crecimiento sustentable.
Para esta administración, en cambio, estos temas no existen. Consideran que para crecer basta con reducir impuestos y dar facilidades a la inversión privada. La historia del mundo los contradice; todas las sociedades que se han desarrollado, lo han hecho invirtiendo en conocimiento: en saber más, para hacer cosas distintas, y así sofisticar y complejizar la economía.
Eso es lo precioso de los libros: que nos permiten saber más. Y una sociedad que sabe más, es una sociedad más educada, más moderna y más próspera.
Y, sí, también con mejores empleos.
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