Opinión

Los eslabones que la escuela puede reparar

En Chile, la falta de escolaridad o el analfabetismo está presente en casi la mitad de los hogares en situación de pobreza multidimensional. Esta realidad responde a una secuencia de desventajas que se acumulan a lo largo del ciclo educativo. Por eso, proponemos mirar este fenómeno como una cadena donde cada eslabón puede deteriorarse y profundizar las brechas de origen, pero también puede reforzarse oportunamente para modificar trayectorias.

El primer eslabón se configura antes de que un niño entre a una sala de clases. Se fragiliza cuando las brechas en alfabetización emergente son amplias, es decir, cuando las habilidades previas a la lectura que se desarrollan en el hogar varían significativamente según el nivel socioeconómico, especialmente por diferencias en la exposición a libros y al lenguaje escrito, lo que impacta directamente en el aprendizaje posterior. Sin embargo, estas brechas pueden reducirse cuando en los primeros años escolares existe una enseñanza sistemática del código y del vocabulario. Cuando esto ocurre, se logra reducir de manera significativa las diferencias iniciales entre estudiantes.

El segundo eslabón se tensiona en la experiencia escolar, cuando la violencia irrumpe en la convivencia. Sus efectos no son transitorios: el ausentismo aumenta de forma abrupta y persistente, la deserción y la repitencia se incrementan, y muchos estudiantes terminan cambiándose de establecimiento, frecuentemente a uno de menor calidad. Las consecuencias son aún más severas cuando la violencia proviene de adultos, a través de humillaciones o maltrato psicológico, afectando incluso la continuidad en la educación media. Este eslabón puede recomponerse cuando el sistema deja de centrarse exclusivamente en sancionar a los establecimientos y avanza hacia mecanismos efectivos de prevención y apoyo a las víctimas, resguardando sus trayectorias educativas.

El tercer eslabón se define en la enseñanza media. Se ve afectado cuando las decisiones educativas se toman dentro de un conjunto limitado de opciones, particularmente en la educación técnico-profesional, donde se concentran estudiantes de menores recursos y donde las trayectorias suelen reproducir las limitaciones de origen. Esto puede repararse cuando la oferta formativa se diversifica; por ejemplo, al incorporar especialidades no tradicionales según género, aumenta la probabilidad de que las mujeres accedan a este tipo de carreras en la educación superior.

Mirados en conjunto, estos tres eslabones no son episodios aislados, sino parte de una misma trayectoria. Lo que ocurre en la primera infancia, en la experiencia cotidiana dentro de la escuela y en la enseñanza media está conectado. Cuando las brechas iniciales no se abordan, cuando la violencia no se contiene y cuando las opciones formativas son limitadas, las desventajas no solo persisten, sino que se acumulan. Así, la pobreza deja de ser solo una condición de origen y pasa a reproducirse a través del propio sistema educativo.

Nuestra evidencia apunta a una conclusión clara: la escuela no es un espacio neutro. En cada uno de estos eslabones se pueden amplificar o corregir desigualdades. Mirar la relación entre pobreza y educación como una cadena no es solo una forma de entender el problema, sino una guía para la acción. Intervenir a tiempo, con herramientas pedagógicas efectivas, con sistemas de apoyo que pongan al estudiante en el centro y con una oferta formativa que amplíe posibilidades, permite fortalecer esos eslabones en los momentos en que más importa. Ahí es donde la escuela puede cambiar trayectorias y contribuir, de manera concreta, a romper la transmisión intergeneracional de la pobreza.

*Las autoras de la columna son académicas de la UC

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