Los riesgos de la confrontación entre Irán y EE.UU.

US President Donald Trump departs the White House for Louisiana

SAUL LOEB / AFP



El reciente despliegue del portaaviones USS Abraham Lincoln, de bombarderos estratégicos B-52 y de baterías antimisiles Patriot en la zona del Golfo Pérsico, demuestra cómo ha escalado la tensión entre Estados Unidos e Irán, en cuestión de días. Esto, luego de que el gobierno de Teherán anunciara la suspensión parcial de sus compromisos en el marco del acuerdo nuclear firmado con Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia, China y Alemania en 2015, conocido oficialmente como el Plan Integral de Acción Conjunta.

Una decisión esperable, considerando que hace un año el gobierno de Donald Trump se retiró unilateralmente del mismo acuerdo -argumentando que "era pésimo" y que no incluía restricciones al programa de misiles balísticos iraní- y reinstaló duras sanciones económicas sobre Irán, argumentando que este país incumplía sus compromisos, aunque los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica llevan años afirmando exactamente lo contrario.

Las palabras del gobierno de Teherán fueron claras y categóricas: dejará de limitar sus excedentes de uranio y no restringirá el número de centrífugas para enriquecerlo. Además, dio un plazo de 60 días al resto de los países firmantes (excepto a EE.UU., obviamente) para reformular este acuerdo nuclear, que está muy cerca de transformarse en letra muerta.

La Unión Europea ya rechazó este ultimátum de Irán, lo que complica aún más la situación, salvo que en términos individuales, Francia, Reino Unido y Alemania –que actualmente tienen empresas que mantienen importantes negocios con Irán- tomen cartas en este asunto.  Pero, al mismo tiempo, arriesgan enemistarse con Trump, que parece empeñado en seguir arrinconando al gobierno del presidente Hassan Rouhani.

Asimismo, con un acuerdo tan debilitado, esta es la mejor oportunidad que tiene Teherán para imponer sus términos, sobre todo si el gran incentivo que tenía, que era el levantamiento de las sanciones económicas impuestas por Washington sobre su industria petrolera y su banca, ya no existe. En otras palabras, no tiene mucho más que perder, considerando que Irán tiene una inflación que ya llega al 40% y que su crecimiento para este año tendrá una contracción de casi un 6%.

Cuando en 2015 se concretó el acuerdo nuclear con Irán, fue considerado uno de los mayores éxitos del segundo mandato de Barack Obama: había logrado el compromiso del gobierno iraní de no desarrollar un arma nuclear, la suspensión progresiva de las sanciones económicas aliviaba a Irán, y establecía un primer precedente de entendimiento entre Washington y Teherán desde el triunfo de la Revolución Chiita, en 1979. Pero ahora, tras las medidas adoptadas por el gobierno de Trump, la incertidumbre se ha instalado con fuerza en este tema.

Si finalmente se da de baja el acuerdo original de 2015 o se renegocia sin EE.UU., otorgándole más libertad a Irán para el desarrollo de su programa nuclear, lo más probable es que Israel reaccione en términos políticos –o incluso militares- apoyando que EE.UU. aumente la presión sobre Irán.

La administración Trump, que ha construido una estrecha relación con el gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu, ha sido especialmente permeable al discurso israelí de que Irán no puede tener un programa nuclear, por el peligro que representa que el día de mañana lo use para desarrollar armas nucleares. Y en muchos aspectos, tiene razón, tomando en cuenta que si finalmente Irán se llegara a dotar de un arma nuclear –incluso si no pretendiera atacar a otro país-, generaría una verdadera carrera armamentista en la región, obligando a países como Arabia Saudita (el principal rival de Irán en la zona) y otros a desarrollar sus propios programas nucleares con fines bélicos. Lo que, ciertamente, es el peor de los escenarios para el siempre frágil Medio Oriente.

Sin embargo, también es cierto que Irán, un país que aún está muy lejos de ser una democracia, y donde la libertad de expresión y el respeto a los derechos humanos dejan mucho que desear, mantiene una importancia e influencia que no está en discusión.

EE.UU. ha acusado reiteradamente a Irán de financiar y apoyar a grupos como la milicia libanesa chiita Hezbollá o al grupo palestino Hamas, pero a Washington también le preocupa la injerencia de Irán en Irak, país vecino con mayoría musulmana chiita; así como su presencia en el conflicto de Siria, apoyando al gobierno de Bashar al Assad; y en la guerra civil de Yemen, donde se le acusa de respaldar a los rebeldes hutíes.

Esto es a lo que Washington se refiere cuando habla de que "Irán tiene que cambiar su comportamiento peligroso y desestabilizador". Pero, al mismo tiempo, Irán es un actor demasiado relevante en Medio Oriente como para intentar ignorarlo o neutralizarlo. Y la mejor aproximación que se había tenido con el régimen de los ayatolas habían sido, precisamente, las negociaciones nucleares durante el gobierno de Obama.

Trump está acostumbrado a usar la fuerza y a presionar a sus interlocutores, que son tácticas propias del agresivo mundo de los negocios, que es de donde él viene. Pero en el ámbito diplomático, la clave está en la capacidad de negociar o disuadir, y frente a Irán, esas son las mejores herramientas disponibles ante el régimen de los ayatolas.

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