Opinión

Más sobre el iliberalismo liberal

Quizá no debiéramos hablar de iliberalismo, sino de descrédito liberal. Reconocer que han sido los mismos liberales quienes se han lucido como iliberales (que es lo que traté en mi última columna). Ellos, los maquiavélicos, capaces de pasar por encima del sentido filosófico-moral que originalmente prestigiara al liberalismo, aun cuando son también quienes han hecho sobrevivir al liberalismo, sirviéndose de su actuar acomodaticio (pragmático, lo llaman), y ahora prestan ropaje a sus más furibundos detractores hasta volverlo un modelo de travestismo a seguir.

¿Cómo no recordar cuando se exhortaba a que Boric y su gobierno abandonaran la “porfía” anticoncertacionista, se acurrucaran junto a socialistas democráticos dispuestos a buscar acuerdos, en vez de comunistas, al igual que durante esos “gloriosos 30 años tan falta que hacen”? Y, vea usted, el lobby frenteamplista, recién publicitado, cumple con creces las “plegarias atendidas”. Todo muy legal, por supuesto, aunque, si entiendo bien, el interés periodístico detrás de la noticia fue que Dios los crea y el diablo los junta.

Para mayor desgracia, el liberalismo, en tanto única ideología en pie por default post-1989, sigue aportando el marco institucional político, sin otra competencia que su propio desgaste degenerativo. De ahí que ofrezca un blanco perfecto para quienes quieran ejercitar la puntería; pienso en antisistémicos y no pocos desesperados y curcos con tanta derrota revolucionaria a cuestas.

Mejor tomemos conciencia de la debilidad del liberalismo, arrastrada desde hace tiempo; su larga decadencia no menos histórica que sus formidables inicios. El cómo se desperfila, luego se desnaturaliza y, por último, termina instrumentalizado. Hacia los años 60 y 70 del siglo pasado, lo poco que aún quedaba del liberalismo decimonónico se repudia. Desaparecen sus rasgos esenciales —moderación y antiautoritarismo— sin los cuales no hay tal liberalismo. La Constitución deja de servir. Lo que es a los partidos, al Congreso y a la universidad, en especial a la UCH, se les manda a la cresta.

Sucede eso y entran a operar sucedáneos muy actuales. El tecnocratismo liberal que reclama para sí el poder de disponer de un “saber experto” métrico-eficiente. Siendo su referente ideológico lo que anglófilos prefieren llamar “liberalismo clásico”, cara bonita de un neoliberalismo al que se le tacha de desalmado, gusto de plutócratas, y a menudo lo confirma. A encontrones, además, con nuestra tradición liberal, no menos clásica, de cuna continental europea. Por último, ha surgido como modelo de mercado el chino, con asombrosos rendimientos, aun cuando intervenido y tutelado por un Estado y dictadura democrática popular. (Escribo mientras Xi Jinping y Trump conversan en Washington no precisamente sobre quién es más liberal o más democrático).

Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Más sobre:LiberalismoDecadenciaDesperfilamiento

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Algunos leen, otros se informan. Aprovecha esta oferta única.

Plan Digital+$4.120 al mes, de aquí hasta fin de año SUSCRÍBETE