Mínimos comunes: hijo del populismo



Por Juan Ignacio Brito, periodista

El mundo político se autocongratula tras alcanzar los acuerdos sobre mínimos comunes que permitirán la generosa entrega de ayuda a los chilenos. Todos celebran que se hayan definido políticas públicas sin letra chica y con fácil acceso a una gran mayoría. ¿A quién hay que reconocer porque, finalmente, los recursos estén disponibles y vayan a llegar a los que los demandan?

En primer lugar, a los que promovieron, diseñaron y negociaron los acuerdos. Pero también habría que considerar la poderosa razón de fondo que impulsó a oficialistas y opositores hacia los mínimos comunes: el populismo de los sucesivos retiros de fondos desde las AFP.

Los que hoy se felicitan por su capacidad para llegar a acuerdos transversales saben que fue la amenaza del populismo de alto impacto liderado por la diputada Pamela Jiles la que los llevó a conversar. El gobierno, al haberse quedado sin herramientas ni apoyo tras el fracaso en el Tribunal Constitucional; Chile Vamos, al sufrir divisiones internas y un quiebre con La Moneda luego de que buena parte de sus parlamentarios apoyaran los retiros; la centroizquierda y la izquierda frenteamplista y comunista, al constatar que Jiles se convertía en una seria amenaza electoral. Había una urgencia compartida por cortar la cabeza de la Medusa cuya mirada estaba convirtiendo en estatua de piedra a la clase política.

Resulta claro que, tal como el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución es hijo de la violencia que en 2019 sacudió al país, el logro de los mínimos comunes debe su existencia a la ola populista. En los dos casos una clase política necesitada de épica quiere adjudicarse el crédito, pero lo cierto es que ambos son consecuencia de fenómenos que pocos quieren reconocer.

En un reciente libro que estudia la experiencia de cinco “momentos populistas” en Estados Unidos, el investigador Donald Critchlow identifica tres efectos típicos de los movimientos populistas: fuerzan la introducción de reformas en ámbitos que han quedado desatendidos o mal atendidos; obligan a los partidos y grupos tradicionales a impulsar cambios para recuperar la legitimidad ante una ciudadanía que recela de ellos; y provocan el aumento del rol del Estado al establecer medidas redistribucionistas. Los tres efectos son plenamente aplicables a nuestra experiencia criolla con los mínimos comunes.

La estrella de Pamela Jiles ha perdido brillo. En esto sin duda juegan un papel el traspié electoral de su pareja y los excesos verbales de la parlamentaria, así como también el hecho de que los mínimos comunes le han quitado protagonismo y causa a la diputada cuyo populismo forzó a la élite partidista a impulsarlos. Ésta puede seguir despotricando contra el populismo, pero, de alguna forma, le debe su supervivencia. Nadie sabe para quién trabaja.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.