Opinión

Navegando en aguas turbulentas

La estrategia de la Administración Trump avanza en forma sistemática. Dejando atrás el orden mundial basado en reglas, prioriza los intereses de esa nación -abandonando su rol de garante de ese orden- y despliega una política arancelaria manejada como instrumento de presión, aunque tal proceder vaya en contra tratados libremente suscritos.

Su proyección sobre América Latina recupera una consideración histórica: la región como “esfera de influencia” exclusiva. El objetivo es desplazar a otros actores (principalmente China) de la infraestructura, las rutas estratégicas, los puertos, los minerales críticos y la innovación tecnológica. A ello se suma la invitación a sumarse a su agenda de seguridad: combate al narcotráfico, al terrorismo y aumento del gasto en defensa.

Este nuevo enfoque abre oportunidades reales: América Latina aparece en el mapa de prioridades de Washington como nunca en décadas (entramos al patio delantero). Pero encierra peligros igualmente reales: presiones políticas, restricciones soberanas y el riesgo de quedar atrapados en la fractura EE.UU.-China, que es el propósito primordial de este giro de política exterior (volvemos al patio trasero).

Chile no puede escapar de este escenario ni le sirve el camino del avestruz. Tampoco es opción reducirlo a un problema meramente económico o comercial, ni menos alterar las bases permanentes de nuestra política exterior. Lo que corresponde es actuar con la cabeza fría y los principios muy firmes. ¿Qué recomienda el análisis sereno y el debate público de estos días?

Primero: reivindicar la autonomía. Eso significa no elegir bandos, sino apegarse a las normas (los TLC, la OMC, el derecho internacional) que son objetivas y duraderas porque no dependen de ninguna administración. Nuestra afinidad histórica, política y cultural con EE.UU. es profunda, pero subordinarnos a Washington hipoteca nuestra libre determinación y nuestra viabilidad económica inmediata, siendo China nuestro primer socio comercial. Tampoco podemos cerrar filas con Beijing, porque también tiene sus propios intereses, distintos a los nuestros.

Segundo: no ser peón, ser socio. La diferencia no es semántica: el peón sirve al rey; el socio negocia en función de sus intereses. Chile tiene con ambas potencias vínculos reales y necesarios que debe administrar con inteligencia, no lealtades absolutas que rendir.

Este conflicto no impacta solo en nosotros. Europa lo vive con igual angustia; América Latina entera lo padece. La respuesta no puede ser individual ni reactiva. De ahí nace una tercera y última sugerencia: construir puentes, diversificar mercados, buscar reglas comunes y sostener un horizonte multilateral donde la asimetría de poder se compense con la fuerza del derecho y de las alianzas.

Los gobiernos pasan. Lo que queda es lo que hicieron en la hora de la incertidumbre, cuando la tempestad arreciaba. En este caso, se trata de preservar a Chile en su destino universal: fidelidad a nuestra identidad y testimonio de una lucha inclaudicable por nuestra independencia.

Por Hernán Larraín F., abogado y profesor universitario

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