Niederlage des Willens (la derrota de la voluntad)
Hay algo profundamente revelador en el enredo estratégico de Estados Unidos en su guerra con Irán. La superpotencia demuestra, una vez más, una capacidad táctica y militar que no tiene parangón en la historia humana: precisión quirúrgica, proyección de fuerza, dominio del espacio aéreo, de los mares, del espectro electromagnético. Y, sin embargo, cualquier analista serio que observe el tablero con frialdad llega a una conclusión incómoda: Estados Unidos está ganando todas las batallas y perdiendo la guerra.
No es que no pueda ganarla. El error de muchos analistas —y de no pocos líderes— es creer que no puede. Puede. Estados Unidos ganó dos guerras mundiales, reconstruyó Europa, contuvo a la Unión Soviética durante cuatro décadas y proyectó fuerza en todos los rincones del planeta. Si mañana decidiera invadir Irán con la determinación con que invadió Europa en 1944, podría hacerlo. El problema no es capacidad. Es voluntad de asumir el costo. Una invasión real de Irán requeriría cientos de miles de soldados, años de ocupación, decenas de miles de bajas propias, billones de dólares y una transformación de la economía y la política doméstica norteamericana que ningún gobierno elegido democráticamente está en condiciones de vender. La clase política y la opinión pública estadounidenses simplemente no quieren pagar ese precio. Y entonces el resultado previsible es el mismo de siempre: dominio militar total combinado con derrota estratégica, como en Irak, como en Afganistán, como en Vietnam. Se gana la guerra; se pierde la paz.
Lo que Estados Unidos aplicó en Irán tiene un nombre antiguo, acuñado en alemán con la precisión que los germanos reservan para sus conceptos: Blitzkrieg, guerra relámpago. El ataque súbito, veloz, abrumador, diseñado para paralizar al adversario antes de que pueda reaccionar. La idea era que el ataque sería tan frenético y devastador que induciría el colapso de la república islámica. La doctrina fue sistematizada por Heinz Guderian, el general panzer que en los años treinta entendió que el tanque y el avión habían transformado la naturaleza de la guerra. Frente al Blitzkrieg, Guderian oponía implícitamente su antítesis: el Schildkrötenkrieg, la guerra tortuga. Lenta, metódica, construida sobre logística, industria, paciencia y voluntad de largo aliento. Guderian amaba la velocidad. La historia, al final, premió a la lentitud. Esopo lo había resuelto veinticinco siglos antes con una liebre y una tortuga. Parece que la moraleja todavía no se aprende a cabalidad.
Hemos visto el Blitzkrieg repetirse con fascinante regularidad en los conflictos recientes. El ataque de Trump a Venezuela fue concebido exactamente así: un golpe corto y contundente que sacaría del tablero a Maduro y neutralizaría los aspavientos geopolíticos del régimen venezolano antes de que la realidad pudiera complicarse. Fue el ensayo general que probablemente inspiró la operación iraní. La estrategia de Israel en el Líbano contra Hezbollah también opera bajo esa lógica: destruir la capacidad del adversario tan rápido que no tenga tiempo de adaptarse. Putin invadió Ucrania convencido de que en setenta y dos horas Zelenski huiría y Kiev caería; el Blitzkrieg ruso fue tan perfecto en su concepción como catastrófico en su ejecución. Y el propio Hamás, en su ataque del 7 de octubre de 2023, cometió el error más suicida de todos: aplicar la lógica del relámpago desde la posición del más débil, confiando en que el impacto psicológico y político sustituiría a la imposibilidad material de sostener la ofensiva. Fue un Blitzkrieg sin armada, sin aviación, sin industria detrás. Un relámpago en medio de una tormenta que aplastó al que lo encendió.
En la Segunda Guerra Mundial, el Wehrmacht fue brillante. Brillantísimo. Polonia cayó en veintisiete días. Francia en cuarenta y seis. La ofensiva inicial en la Unión Soviética fue un espectáculo de maniobra a lo largo de un frente de 2.900 kilómetros —desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro—, que casi noqueó al Ejército Rojo. Y, sin embargo, Alemania perdió la guerra. Terminó capitulando frente a dos potencias que entendían que las guerras las ganan la capacidad industrial, la logística de escala continental y la paciencia estratégica.
Estados Unidos movilizó su economía entera, convirtió plantas de automóviles en fábricas de aviones, entrenó a millones de soldados, cruzó el Atlántico y el Pacífico simultáneamente, y aplastó al Blitzkrieg con la imparable monotonía de una tortuga gigante. La Unión Soviética hizo algo más brutal todavía: desmontó fábricas enteras pieza por pieza, las cargó en trenes hacia los Urales, las volvió a armar bajo la nieve y las puso a producir mientras los alemanes todavía celebraban sus victorias del verano. Perdió veinte millones de personas —quizás veintisiete, nadie lo sabe con certeza— y siguió avanzando. No con aspavientos heroicos, sino con la fría, implacable y casi inhumana determinación de quien entiende que las guerras no las ganan personajes de ópera (o reality), sino rigurosos tecnócratas, soldados duros y trabajadores abnegados; las ganan los que resisten más tiempo, producen más hardware y están dispuestos a pagar cualquier precio.
Aquí está el problema político del Blitzkrieg que Guderian nunca pudo resolver del todo: la guerra relámpago no es solo una doctrina militar. Es una expresión estética. Es una visión del mundo. Y esa visión tiene nombre, tiene autora y tiene película.
En 1935, Leni Riefenstahl estrenó lo que probablemente sea el ejercicio de propaganda más influyente de la historia del cine: Triumph des Willens, El triunfo de la voluntad. La película documenta el Congreso del Partido Nazi en Núremberg con una maestría cinematográfica que hizo que generaciones de directores la estudiaran a regañadientes. Su mensaje es simple y seductor: la historia la hacen los héroes que tienen voluntad suficiente. No hace falta comprender los problemas en su complejidad. No hace falta diseñar políticas, evaluar alternativas, construir instituciones. Basta con querer con suficiente intensidad. La voluntad triunfa sobre la realidad.
Hay un dato empírico que merece atención: prácticamente todos los líderes con vocación autoritaria del siglo XX y XXI han sido, sin excepción, devotos del Blitzkrieg y del Triumph des Willens. Las ofensivas no son siempre militares, a veces son económicas o incluso culturales. Mussolini, Hitler, Mao, Chávez, Castro, Putin, la lista es ecuménica. Y que se refleja en la devoción de estos personajes por los filósofos de la voluntad y el poder absoluto —Schmitt, Lenin, Sorel, Gentile, Fanon, Heidegger o Lukács—, tan distintos en sus odios, tan parecidos en sus lecturas; pensadores que, desde trincheras ideológicas opuestas, coincidieron en una sola convicción: que el enemigo no se convence, se derrota y que en política se domina para imponer la voluntad. Ello sugiere que la atracción por el heroísmo sustituyendo al trabajo duro es menos una convicción ideológica que un rasgo de carácter. No es que el autoritarismo produzca el Blitzkrieg; es que el mismo temperamento que conduce a uno arrastra inevitablemente hacia lo otro. Esta idea parece tener un atractivo permanente para las personas de propensiones autoritarias. Hay algo emocionalmente satisfactorio en la visión heroica frente al tedioso trabajo de estudiar con cuidado los problemas, diseñar soluciones y lentamente implementarlas.
El héroe que tiene voluntad sustituye al técnico que tiene paciencia. El relámpago de la liebre sustituye al tranco de la tortuga. Y el resultado, casi inevitablemente, es lo que la historia llama una victoria pírrica —en referencia al rey Pirro de Epiro, cuyas devastadoras victorias sobre los romanos en Heraclea y Asculum condujeron a su derrota. Fue inmortalizado por Plutarco cuatro siglos después, lo cual ya de por sí ilustra algo importante: las lecciones del heroísmo suicida tardan siglos en ser procesadas, y aun así no las aprendemos. Plutarco fue quien citó a Pirro, quien contemplando el costo de sus victorias exclamó: “Si ganamos una batalla más como esta, estamos perdidos.” Tenía razón. Ganó, pero perdió en Italia; ganó, pero perdió en Sicilia, perdió su ejército y perdió, finalmente, la vida asesinado. Epiro, despojado de su héroe, no tardó en caer bajo la sombra de Roma. El Triumph des Willens tiene siempre el mismo final, porque tiene una lógica interna que sus seguidores nunca quieren ver: produce victorias que son, en realidad, derrotas diferidas.
Permítanme ahora bajar desde el Olimpo de la historia militar hacia las más modestas alturas del cerro San Cristóbal.
La izquierda chilena que emergió de la derrota de la Concertación articuló su crítica en un concepto que debería habernos dicho todo lo que necesitábamos saber: la “falta de voluntad política”. La Concertación, se decía, podría haber hecho mucho más si hubiera tenido la voluntad de hacerlo. Ellos sí la tenían. Su llegada al poder sería, precisamente, el triunfo de la voluntad. Y para asegurarse de que así fuera, importaron desde la academia posmoderna un concepto auxiliar de enorme utilidad: “Las palabras crean realidad”. Si nombras las cosas con suficiente convicción, deseo y voluntad, las cosas ocurren. La voluntad se expresa en el lenguaje y el lenguaje transforma el mundo. Era, en el fondo, una teoría mágica del poder disfrazada de epistemología progresista. Sabemos cómo terminó: en una derrota estratégica y cultural de proporciones históricas para la izquierda chilena, con el Rechazo de 2022 como certificado de defunción de un proyecto político que confundió el heroísmo con la eficacia y la asunción al poder de José Antonio Kast como lápida. Las palabras, al parecer, no crean realidad. La realidad, en cambio, sí entierra palabras.
La derecha hegemónica actual tiene su propia versión del mismo equívoco, empaquetada en un concepto simétrico: la “derechita cobarde”. Los héroes, en cambio, no tienen miedo. Los héroes tienen voluntad.
Carl von Clausewitz fue el gran teórico militar prusiano del siglo XIX, contemporáneo de Napoleón y antípoda intelectual de Guderian. Lo que escribió en Vom Kriege (De la guerra) es exactamente lo contrario a la doctrina del Blitzkrieg. Su concepto central no era el ataque, sino su límite: el Kulminationspunkt, el punto culminante de la victoria, ese momento preciso en que el impulso ofensivo se agota y se vuelve contra quien lo generó. “Si uno fuera más allá de ese punto”, escribió Clausewitz, “no sería sólo un esfuerzo inútil que no añadiría nada al éxito. Sería, de hecho, algo dañino, que conduciría a una reacción; y la experiencia muestra que tales reacciones suelen tener efectos completamente desproporcionados”. Su conclusión más célebre y menos citada era que la defensa es la forma más fuerte y exitosa de hacer la guerra. Pero hay otra cita de Clausewitz, menos famosa y más reveladora, que apunta directamente a lo opuesto del heroísmo vistoso. “Los efectos del talento estratégico no se exhiben tanto por la invención de nuevos modos de acción, que podrían llamar de inmediato la atención, sino en el resultado final exitoso del conjunto. Es el cumplimiento exacto de supuestos silenciosos, es la armonía silenciosa de la acción total lo que debemos admirar.” La armonía silenciosa. La tortuga. La Concertación.
Ya circula, entre observadores de la escena local, el término Blitzkrieg para describir la ofensiva política, institucional, regulatoria y legislativa del gobierno actual. Quienes lo usan lo hacen algo maliciosamente, con mirada socarrona; saben que contiene una mordaz, pero injusta, insinuación filial sobre el Presidente. No me gusta eso. Nadie debe ser juzgado por lo que hizo o fue su padre. Sí, en cambio, por lo que hace.
Pero es cierto que la ofensiva política del gobierno actual tiene los atributos del Blitzkrieg: velocidad, copamiento, desorientación del adversario. El problema es que también contiene sus defectos.
El primero habría hecho enojar a Guderian y es la incompetencia en la ejecución del propio Blitzkrieg: un relámpago que tropieza no paraliza al adversario, lo entretiene y lo potencia. El episodio del “estado en quiebra” y el ataque de sinceridad del ministro de Hacienda no son anécdotas menores; son síntomas de una operación que mezcla audacia estratégica con torpeza táctica. El segundo problema, más serio, es el de fondo: las victorias estratégicas no se construyen con actos heroicos. Se construyen con tortugas: sabias, efectivas e imparables.
La Concertación era una tortuga. Lenta, aburrida, cauta hasta la exasperación, obsesionada con los equilibrios, aversa a los conflictos, sistemáticamente masticando sus hojas hasta reducirlas y convertirlas en alimento. Tuvo vida extensa, como las tortugas, y la mirada larga que otorga la longevidad. Y durante veinte años transformó Chile de una manera que ningún observador serio puede negar: redujo la pobreza a una fracción de lo que era, expandió la educación, construyó instituciones, integró al país a la economía global. No fue heroica. Fue eficaz.
El problema terminal del Triumph des Willens —tanto el de la izquierda de entonces como el de la derecha de hoy— es que no hay forma de sustituir el trabajo duro con el heroísmo. La realidad no negocia con la voluntad. La realidad simplemente espera a que te canses, te aburras y colapses.
Lo preocupante es que los patrones electorales recientes sugieren que el electorado chileno ha llegado a la conclusión contraria. Tanto en la izquierda como a la derecha hay una demanda de héroes, de relámpagos, de voluntades triunfantes. Así que no nos queda otra: vamos a tener que navegar este ciclo e intentar que genere el mínimo posible de descalabros. No es un mal resultado que cada grupito de héroes que se hace cargo del Estado termine su período con gestos amistosos, meneando la cola y afirmando que en realidad lo que querían era “normalizar” la cosa, que estamos exagerando los que decimos que querían implementar un Triumph des Willens, que cómo se nos ocurre tomar en serio lo que dijeron por años, que siempre fueron sobrios tecnócratas, administrando reparticiones públicas, con kardex, corchetera, chaleco de rombos y sello de agua. Es un buen resultado. Así que les propongo que hagamos como que sí. ¿Ya?
El problema es que es previsible que este apetito por liderazgos demagógicos con aspavientos de héroes de nuestra ciudadanía se exprese en proyectos aún más folclóricos. Acuérdense de mí. Lo que la historia muestra es que se necesita pasar por calamidades significativas para que las ciudadanías vuelvan a valorar a sus aburridas y confiables tortugas. Lo expresó el político y diplomático socialista israelí Abba Eban en una cita que aplica, me temo, a nuestra ciudadanía: “Las personas y las naciones se terminan comportando sabiamente… pero solo cuando han agotado todas las demás alternativas”.
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