No está muerto, está pendiente
Después de cada elección emergen voces apresuradas que buscan firmar certificados de defunción para ciertas fuerzas o alianzas políticas. Es una reacción comprensible en un clima que empuja a simplificar diagnósticos y a buscar explicaciones inmediatas. Pero confundir desorientación con desaparición es un error: lo debilitado no es la idea, sino la capacidad de definir una identidad nítida y un propósito actualizado en un escenario donde predomina la articulación “contra algo” más que la construcción “por algo”.
La centroizquierda enfrenta un momento incómodo, tensionada entre inercias históricas y alianzas que han perdido coherencia. Pero su desafío es más profundo que un reordenamiento electoral: requiere recuperar una lectura propia del país, vinculada a las preocupaciones concretas de las personas -seguridad, movilidad social, bienestar, certezas económicas- y no solo a las dinámicas internas del mundo político.
Y mientras ese proceso reflexivo -inevitable, aunque algunos prefieran postergarlo bajo la ilusión de que “en cuatro años se vuelve”- comienza a abrirse paso, conviene recordar que en el próximo Congreso el conjunto de fuerzas del socialismo democrático (con diagnóstico reservado), más la DC, suma 33 diputadas y diputados. No es un detalle ni un remanente del pasado: es un bloque con más elementos en común que diferencias, y con suficiente densidad programática como para articular una voz nítida y responsable.
Más que recentrar el debate en un partido o en con quién “tocaría juntarse ahora”, lo relevante es comprender que las fuerzas de centroizquierda y centroderecha cumplen un rol simultáneo y complementario, especialmente en escenarios de incertidumbre. Ambas sostienen el equilibrio institucional, moderan impulsos pendulares, anclan las reformas en viabilidad real y actúan como puentes entre las demandas ciudadanas y la capacidad del Estado de responder. Desconocer ese rol —o intentar homogeneizarlo con las fuerzas más extremas, aunque hoy parezca contraintuitivo— empobrece la política y debilita la representación.
Por eso, la discusión que importa no es lo que haga tal o cual partido ni cuán hegemónico se crea como para esperar “a ver qué decide”. La pregunta de fondo es cómo reconstruir identidades capaces de volver a conectar con el país que existe hoy, no con el que existió en ciclos anteriores. Para que algo nuevo pueda nacer, ciertas prácticas, inercias y dependencias deben dar paso a modelos más honestos de articulación política. No para fracturar, sino para permitir que emerjan proyectos que interpreten, con empatía y claridad, las inquietudes y aspiraciones de la ciudadanía.
Mientras la centroizquierda vacilaba en esa definición, otros han ocupado los espacios disponibles con ofertas simples o narrativas emocionales. No porque tengan mejores respuestas, sino porque aparecen disponibles para escuchar. Esa es la alerta: los vacíos no permanecen vacíos. Los llena quien se atreve a hablarle al país real.
Por eso, más que preocuparse por quién “se mueve” primero, la pregunta estratégica es cómo recomponer un proyecto que vuelva a hacer sentido a quienes hoy se sienten huérfanos de representación. Un proyecto que tome en serio los desafíos del desarrollo, la protección social moderna y la estabilidad institucional, sin caer ni en nostalgias inmovilistas ni en impulsos voluntaristas.
El socialismo democrático no está muerto. Está pendiente. Pendiente de actualizar su identidad, de hablar con claridad y de recuperar su capacidad de propuesta.
No es tiempo de funerales. Es tiempo de volver a representar.
Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos de Feedback.
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