¿Otro 1982?

Vecinos y residentes inventan estrategias para paliar la crisis. Foto: Andrés Pérez



La pregunta que muchos me hacen es si la crisis económica de 1982, la mayor desde la Gran Depresión, fue o no parecida a la actual. Mi respuesta es invariablemente negativa, a pesar de que hay elementos en común. Por ejemplo, ambas crisis se destacarán por su gravedad, aunque espero que la actual genere una caída menor en el PIB por persona. Además, las dos probablemente se distinguirán por una recuperación relativamente rápida, si bien la actual no lo hará en unos pocos meses. 

La crisis de 1982 tuvo su origen en la política monetaria restrictiva aplicada por varios países desarrollados para evitar que alzas de los precios del petróleo se tradujeran en inflación. Como consecuencia, subieron violentamente las tasas de interés en los mercados de capitales internacionales, se redujeron los flujos de créditos, y se desplomaron nuestras exportaciones (el precio del cobre se redujo en un 40 por ciento entre 1980 y 1982). Inicialmente, Chile confió en que su política monetaria neutra -basada en el mecanismo de ajuste de la balanza de pagos, entonces de moda- le permitiría evitar la importación de la recesión externa. No resultó ser así.

En cambio, nuestra actual crisis se originó en el Covid-19, que -además de su efecto por la vía de la política de cuarentenas totales sobre la producción doméstica- detonó un ajuste probablemente necesario de los precios internacionales de los activos en general y de las materias primas en particular (el precio del cobre se ha reducido en aproximadamente un 20 por ciento). Esta vez, sin embargo, los bancos centrales, incluyendo el Banco Central de Chile, aplicaron políticas monetarias expansivas. Y a pesar de ello no han podido evitar la caída de los precios de los activos financieros, de las materias primas, y de la inversión (según Unctad, la extranjera directa ha caído en un 40 por ciento). 

Otra diferencia entre 1982 y la actualidad es la calidad en las políticas públicas. Se ha aprendido mucho de crisis pasadas, incluyendo de aquella de comienzos de los años 1980 en Chile. Uno de esos aprendizajes es la ya mencionada importancia de proveer de la liquidez necesaria a la economía. 

Pero también nos hemos percatado de que hay que mantener vivas a las empresas viables, grandes y pequeñas, de modo de que, una vez superado el origen de la crisis, se pueda reactivar rápidamente la economía y normalizar el empleo. Al hacerlo, hay que tener especial cuidado de no incentivar el exceso de endeudamiento, basado en pasados y normales salvamentos oficiales. Una forma de evitar ese riesgo moral es rescatando a las empresas, pero no a sus dueños. Una política así, adoptada en Chile en 1982-1984, es de toda justicia, dado que evita que en los casos pertinentes las ganancias empresariales se privaticen y las pérdidas se socialicen.

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