Carlos Ominami

Carlos Ominami

Economista

Opinión

Con el Papa en Santa Marta

Foto: Reuters

Escribo bajo el impacto de la emoción. La audiencia con el Papa Francisco el jueves pasado en Santa Marta es de las cosas hermosas que me ha tocado vivir.
Llegamos junto a Celso Amorim, diplomático de gran prestigio, excanciller del presidente Lula, y Alberto Fernández, exjefe del gabinete de ministros de los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Nos habíamos juntado el día anterior en un pequeño hotel en el Aventino.
El Papa sabía perfectamente a qué veníamos. Alberto, gestor de este encuentro, le había escrito pocos días antes para solicitarle audiencia expresando su preocupación por la politización de la Justicia y en especial por la situación del expresidente Lula.
Luego de su introducción sobre las derivas judiciales en varios de nuestros países vino el turno de Celso. En un buen español hizo un resumen de la situación judicial del expresidente Lula, mostrando que la acusación que se le formula no se sostenía por ningún lado. Lula no recibió el departamento tríplex que se le imputa ni tampoco se acreditó ningún servicio de su parte a la empresa OAS. La condena es por “hechos indeterminados”, según el propio juez Moro. Con esta -afirmó- se busca un objetivo muy preciso: evitar que compita en las elecciones del próximo 7 de octubre y por una razón muy simple: porque las gana. Celso terminó su presentación con una explicación muy clara de las razones de este encarnizamiento en contra de Lula: el clasismo particularmente agudo en la burguesía brasileña, que vio con horror el ascenso social de más de 40 millones de pobres y el rechazo norteamericano a un política exterior altiva, que puso a Brasil a una altura insospechada junto a Rusia, India, China y África del Sur. En este ABC (Argentina, Brasil, Chile) que improvisamos, yo complementé diciendo que estábamos ahí no simplemente por amistad y aprecio por Lula, sino por la obligación de defender en Brasil y en toda nuestra región una democracia que tanto nos costó conseguir.
La verdad sea dicha, el Papa no se mostró especialmente sorprendido. Frente a mi asombro, nos dijo que esta era una historia muy antigua, tanto que estaba en la Biblia. A su manera, esto le había pasado a Jesucristo, a San Juan y a Susana de Babilonia.
A mayor abundamiento, recordó su homilía del 17 de mayo de este año, en la cual, con gran lucidez, explicó cómo “en la vida política, cuando se quiere hacer un golpe de Estado, los medios comienzan a hablar de la gente, de los dirigentes y con la calumnia y la difamación los ensucian (…), después llega la justicia, los condena y al final se hace el golpe de Estado”.
No había mucho más que agregar. No tengo espacio para contar sus salidas ingeniosas y gestos bondadosos. Solo un botón de muestra: nunca pensé cuando por, consejo de un cura amigo, compré una Biblia de bolsillo para leerla con alguna frecuencia, que esta iba a terminar con una dedicatoria del Papa Francisco pidiéndome que rezara por él.
Esta fue la segunda vez que estuve al lado de un Papa. En 1991 acompañé al presidente Aylwin en una visita de estado al Vaticano. Llegamos vestidos con frac y condecoraciones en unas enormes limusinas negras Mercedes Benz. Eran los tiempos de Juan Pablo II. Guardo como recuerdo de esa visita la pompa y solemnidad vaticana. De este encuentro con el Papa Francisco me quedo con la sensación de haber estado al frente de un tremendo líder espiritual y moral, y que por suerte la Iglesia Católica, que enfrenta tiempos tan turbulentos, lo tiene a su cabeza.

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