Pasando y pasando



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

La traición en política no es ninguna novedad. A juzgar por las defensas, todas cínicas, con que se la justifica -supuestamente termina con el inmovilismo, acelera la historia y, aparejada a la voluntad del pueblo, trae consigo progreso-, cuesta creer que se llegue algún día a abandonar o condenar su uso como medio de poder. Son demasiados y claves los casos estos últimos cien años en que el oportunismo se ha mostrado decisivo. Sin el “León” Alessandri abjurando del parlamentarismo, sin Frei Montalva repudiando el apoyo de derecha, o sin Pinochet deshaciéndose de Allende habiéndolo upado al lugar desde donde operó, seríamos un bicho muy distinto.

Esto en el mundo moderno, porque el antiguo y el medieval abominan toda falta de lealtad. El círculo de los traidores es el más bajo, gélido y próximo a Satanás en el infierno de Dante. Los Aurea dicta son tajantes: “Quien ha sido enemigo de los suyos es un enemigo común de todos” (Cicerón); “Los traidores son detestados hasta por aquellos a quienes favorecen” (Tácito). Dictámenes que aunque anticuados no han dejado de reflejar cómo la traición, una vez desatada, no cesa: engendra sucesivas deslealtades en cadena. ¿El actual desborde y quiebre dentro de la derecha no supone escenarios previos, cuitas impagas esperando su hora? Puedo imaginarme a varios de los diputados y senadores de la UDI y RN, cavilando, disculpándose, retorcidas sus conciencias de renegados, amparados en que Piñera desahuciara la Constitución, los acusara de ser “cómplices pasivos” ya una vez, y votara No el 88. El personalismo de Piñera, por su parte, no solo se debe a que es autista sino que sabe con qué laya de gente cuenta; se llega dos veces a La Moneda sobre hombros no precisamente de gigantes.

Se ha proferido en estos días una serie de recriminaciones válidas. Que alcaldes y congresistas se han vuelto demagógicos, que su nivel de debate está bien para matinales y asambleas de barrio, que les atormenta caer en desgracia por Twitter, que le hacen el juego al PC y al Frente Amplio. Reconocimiento de culpas propias, sin embargo, no ha habido por quienes recriminan. Piñeristas y exconcertacionistas vuelven a apiñarse en torno a ese culto totémico de los veinte mejores años de nuestra historia en que, de hecho, se incubó todo lo que estamos viviendo, y sin reconocer que el consensualismo nunca fue otra cosa que una pura fórmula de empate transando sin parar, y pactando el no transitar. Empate que tenía que romperse eventualmente de alguna manera, y ahora sabemos cómo: con maniobras políticas desesperadas, sumo democráticas. Claro está, sirviéndose de votaciones circunstanciales, a la espera que se las vuelva a revertir. Que en eso, en empates, mayorías erráticas y traiciones, nos llevamos desde hace rato, cincuenta y seis años para ser exactos.

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