Opinión

Pataletas progresistas

El quiebre en el progresismo por la ley Naín-Retamal ha seguido escalando. Cuñas van, cuñas vienen, invitaciones que se retiran, ausencias, sillas vacías… El Socialismo Democrático se enfureció, con razón, por las críticas por haber apoyado dicha ley, por parte de sus socios FA y el PC, que la negaron, aunque estaba en la lista de los mil legados.

La presidenta del PS (que antes dijo que intentaría acercarse al PC), organizó este viernes un encuentro solo con la centroizquierda: PPD, Partido Liberal, Radical y FRVS, dejando fuera al Frente Amplio (FA) y al Partido Comunista (PC). Estos últimos, a su vez, también se molestaron mucho con esta actitud de sus actuales socios. “Esos partidos en declive”, los llamó el diputado frenteamplista Jaime Sáez.

El presidente Boric, el mismo viernes, los llamó al orden, a todos, pidiendo que “estén a la altura”.

Pero no hubo caso. El diseño de alianza de este gobierno -primero, los anillos; luego, las dos coaliciones- cruje por todos lados y no se ve mucho futuro común post 11 de marzo. La declaración después del encuentro fue reveladora en tal sentido: un certificado de defunción a la coalición que nunca fue.

Y mientras el presidente electo, José Antonio Kast, mostraba su gabinete -en el que subrayó que contaban con dos exministros de la presidenta Bachelet, Rincón y Campos-, la centroizquierda e izquierda se han tratado de este modo por la prensa. Mientras Kast habla de su gabinete de “unidad”, el progresismo parece dedicado a pelearse, con riesgo de diluirse y achicarse aún más.

¿Y qué se están disputando hoy? Hasta donde se puede comprender, este distanciamiento, o desapego intencionado tiene como eje definir “dos oposiciones”. Que habrá, como han dicho algunos liderazgos del sector, una oposición más dialogante y constructiva -más no sumisa-, y otra (¿ex Apruebo Dignidad?) mucho más severa, más en la tesis de negar la sal y el agua.

Pero el problema es ese: que la izquierda y centroizquierda, en vez de hacer su travesía en el desierto, como corresponde tras una derrota histórica y categórica en la última presidencial, están centrando su debate político e ideológico -o sus desplantes- en diferenciarse por “qué tipo de oposición serán”. Es decir, el tipo de reacción, pero no la propuesta alternativa a la visión del gobierno del Partido Republicano y su ideario. Patalear, enfurecerse, criticar, como base de un proyecto político, ¿a quién puede atraer? No a quienes votaban antes por ellos, ciertamente. Es una Not-Propuesta la que hoy les consume su energía política y comunicacional. Pensar que se reconquistará electorado ofreciendo trifulcas y distintas gamas de colores para oponerse a Kast es no ver la realidad.

Esto es sintomático y revelador de una crisis de ideas, porque uno de los problemas de las izquierdas en el mundo es, justamente, dedicarse a solo reaccionar frente a las derechas radicales y no proponer nada claro, concreto, tangible.

Al parecer, estas pataletas por quiénes van a qué reunión, cuántas oposiciones habrá, revela que todos se están quedando pegados en la primera de las etapas del duelo: la negación. Al menos deben obligarse a dar el siguiente paso del duelo, hasta asumir la pérdida y llegar a la aceptación de la nueva realidad, que es lo único que permite cambiar y renovarse.

Para ello, por cierto deben abocarse más bien a contestar varias preguntas: ¿En qué se equivocaron? ¿Fue un error de diagnóstico sobre la sociedad chilena? ¿Fue una mala comprensión del caudal de votos que sacaron? ¿Qué proponen mejor y distinto que Kast?

Dentro de este análisis, que debe ser descarnado y al hueso, por cierto deben perfilar cuáles son las legítimas y sanas diferencias que existen dentro del progresismo, que permitan además ir atrayendo, con un abanico más amplio, a electores que perdieron o nunca tuvieron.

La derecha radical -en todos su tonos- gana terreno, eso es un hecho, y en Davos se vio la envergadura de la disrupción global que está causando. Pero no se ganan mentes y corazones reclamando, atacando, burlándose o insultando. Los progresistas, los liberales, los que no comulgan con ese tipo de ideas y liderazgos deben actualizar su propuesta para una nueva era.

Nadie lo ha hecho mejor, en tal sentido, que Mark Carney, el primer ministro de Canadá, justamente en Davos. En 17 minutos se convirtió en la explicación mejor y más robusta, más nítida y hasta conmovedora, de cuál es la alternativa a esta ideología en boga. Y de por qué es importante que haya una alternativa fuerte para defender la democracia, el pluralismo, los derechos humanos y la sostenibilidad del medioambiente.

Mientras Kast ya prácticamente logró asimilar a la derecha tradicional, y se mueve para copar parte del centro, la centroizquierda y la izquierda no pueden dispararse en los pies jugando a, en vez de agrandarse, achicarse. En tamaño y, peor aún, en ambición.

Nadie pide el nivel de Carney, pero que al menos hagan un esfuerzo político y comunicacional mayor que solo pelearse y competir por cómo responderán a la agenda que dicte el gobierno de Kast.

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