El peligro de un nuevo Aysén

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La crisis provocada por las decenas de personas intoxicadas por emanaciones en Quintero se va a convertir en la primera crisis de verdad donde el gobierno podrá demostrar si aprendió o no las lecciones de su pasada anterior por La Moneda. Hay que recordar que las consecutivas crisis regionales de Punta Arenas por el alza del gas, Freirina por una planta de cerdos y Coyhaique por el alto costo de la vida, junto con varias otras, fueron lentamente desangrando la popularidad de la anterior administración de Piñera e hicieron caer a varios ministros. Muchos de ellos no solamente equivocaban el diagnóstico, sino que se recetaban frases ofensivas para los afectados, como "se les acabó la fiesta" que les dedicó un ministro a los habitantes de Magallanes que iban a enfrentar un alza del gas.

En contraste, los gobiernos de centroizquierda han sido mucho más hábiles en el manejo de crisis similares. A manera de ejemplo, puede recordarse el derrame de petróleo en la misma bahía que hoy reclama por la contaminación, silenciosamente manejado por las autoridades de entonces y que lograron evitar el estallido social que se está produciendo en estos días.

Hasta ahora no se ve bien el gobierno en las pocas horas que lleva este conflicto, desde que se conoció la intoxicación de mas de 100 personas por exposición a gases contaminantes. Buscando parecer más proactivos que lo razonable, en un error de manual, apuntaron antes de tiempo con el dedo a la empresa estatal Enap, desatando un conflicto dentro del oficialismo y pasándose por encima a la institucionalidad, pues son los tribunales ambientales los que deben establecer dichas culpas. Era más sencillo acordar una detención de faenas de la empresa estatal, y con ello colocar presión política al resto de las industrias contaminantes de la bahía de Quintero, y así bajar los niveles de contaminación. La jugada es de alto riesgo, pues si resulta que la petrolera estatal no es la única culpable, vendrá una serie de cuestionamientos que podría dañar en serio a la entrante ministra de Medio Ambiente y, sin duda, al intendente de Valparaíso, quien ha actuado más como comentarista de asados que en su rol de autoridad de la región. También se ve el gobierno poco comprensivo con el drama de la ciudad, que tiene que vivir en un ambiente contaminado, pero que también depende de las industrias para su propia subsistencia económica.

Ese es justamente el problema de los gobiernos de derecha. La falta de empatía con la calle por el exceso de figuras que se educaron en pocos colegios caros y la gran mayoría de una sola universidad, les hace imposible comprender los dramas de una familia que debe soportar la intoxicación de un hijo, pero que sabe que el cierre de la planta significará cesantía y precariedad. Tampoco posee el oficialismo un tejido de organizaciones sociales que le permita, a diferencia del gobierno anterior, olfatear de primera mano qué está pasando en la calle. La Moneda confía demasiado en la big data, las encuestas y poco en el sentido de calle que debe tener siempre un político. Las reconocidas ventajas competitivas en materia de economía y management que posee la derecha, curiosamente son para estas crisis sociales su mayor dificultad. Ahí se explica buena parte de las razones que les hicieron capotar en las crisis anteriores y que, en esta, los lleva a protagonizar soberanos ridículos, mientras sigue la contaminación en la ciudad y aumenta peligrosamente la temperatura del malestar social.

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