Poder en el sistema

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No es exactamente una fragmentación del poder ni una 'crisis de autoridad' lo que hemos vivido en Chile. Estas ideas parten de la premisa de que el poder se concibe como una propiedad que se puede tener como un bien material, y también perder. Sobre la base de esta premisa, deberíamos ahora interpretar que lo acontecido en las últimas semanas es que el poder, que antes se habría situado en la cima de la jerarquía (en el gobierno, en la elite, en los legisladores, entre otros), ahora se fragmentó; que quedó poco o nada de poder en la cima y que ahora ese mismo poder, o gran parte de él, lo poseen otros: la ciudadanía que legítimamente protesta en las calles, los que saquean, los que queman el metro e instalan barricadas flameantes.

La premisa de que el poder se posee, de que se tiene o no se tiene, supone que el sistema político está dotado de una cantidad invariante de poder. Bajo tal premisa, las relaciones entre los actores están sujetas a un juego de suma cero en el que, de modo sistemático, unos pierden y otros ganan. Ahora ganó la calle y perdió el gobierno y la política institucional.

Nos acostumbramos a funcionar bajo esta premisa durante la dictadura. Sin embargo, lo que vemos hoy es otra cosa. Vemos que el poder se multiplica en el sistema por las interdependencias entre actores e instituciones, por la revolución de expectativas de inclusión que nuestro modelo ha creado. El poder no es suma cero. Por el contrario, se incrementa y disminuye en el sistema, se inflaciona o deflaciona; es una suma variable. Hemos vivido al menos treinta años en medio de un poder deflacionario que no nos movía a conversar con aquel que asumimos no tenía poder, lo que condujo a cometer abusos, discriminaciones, estigmatizaciones. Y cuando ese poder se incrementa, entonces nos sacudimos con espasmos de ira. Es vital, para no eludir la institucionalidad democrática, estar preparados para estas alzas súbitas de poder en el sistema. De otro modo, como sostiene Niklas Luhmann, "el sistema político transita muy fácilmente de crisis en crisis si no logra transformar la insatisfacción en participación ordenada".

La pregunta es cómo transformar el aumento de poder en el sistema en una participación ordenada. Hoy todos tienen más poder a disposición del que tenían hace unas semanas. Por esto, el gobierno ha hecho bien en acordar la reforma de impuestos y el presupuesto, los partidos han hecho bien en firmar el acuerdo constitucional, la ciudadanía ha hecho bien en realizar cabildos espontáneamente como forma de canalizar su participación en el sistema político. Todo esto remite a una organización necesaria para enfrentar el aumento de poder en el sistema. Ningún capitalismo democrático subsiste sin ella. El rendimiento principal de esta organización del poder es diferenciar entre violencia y política para reconducir el delirio de la violencia (destrucción, muerte, saqueos, balines) hacia la manifestación política ciudadana, la discusión de partidos y las iniciativas de gobierno.

Esto no implica que todo en adelante sea una taza de leche. La política es siempre más discusión que acuerdos, más deliberación que consenso. Pero precisamente esa deliberación es la que transforma la violencia del sistema en comunicación organizada. No se debe tener temor del disenso en el Parlamento, pero se debe diferenciar claramente entre violencia y política, pues violencia es negación de poder organizado.

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