Columna de Hillary Hiner: “Primera Dama”: un cambio profundo pero necesario



Por Hillary Hiner, profesora asociada, Escuela de Historia, UDP

Hace poco, en este mismo medio, se publicó la noticia de que Irina Karamanos va a “salir” del puesto de ser Coordinadora Sociocultural de la Presidencia. Por cierto, desde que Karamanos asumió en marzo de este año, e incluso desde antes, durante la campaña, se había planteado la necesidad de reformular el rol de “Primera Dama” como actualmente existe dentro del Estado. Por tanto, ¿por qué nuestra sorpresa al escuchar esta noticia?

Más allá de los típicos ataques en redes sociales, que proponen todo tipo de lecturas erradas (como que esto ocurre por el fin de una relación sentimental) y que se han dedicado de manera consistente a hostigar y maltratar a Karamanos, sin duda, en gran parte, la sorpresa aparece por la larga historia del rol de Primera Dama dentro de la política nacional e internacional; una figura que siempre ha existido.

En general, el rol de la “pareja” del Presidente o Primer Ministro (en masculino) es considerado como un “complemento femenino” al trabajo del hombre. Se erige una división rígida entre las esferas del “poder”, adonde el hombre ejerce el rol del poder público y político y la mujer el poder privado (y ojalá no tan político, como se ve con las terribles críticas que les llovieron a mujeres que no cumplían con este mandato).

Cuando ha habido parejas hombres que han tenido que asumir este rol, como han sido los casos de Australia, Reino Unido o el propio Chile, se denota tensión, incomodidad y hasta burlas basadas en esquemas de masculinidad hegemónica, y que han sido exploradas en series televisivas como The Good Wife o Borgen. Inevitablemente, las mujeres poderosas se quedan solas, los hombres no saben o no quieren solo “complementar”. Entonces, ¿qué pasa con mujeres feministas que tienen proyectos de vida que también vayan más allá de solo “acompañar”?

Al asumir, la Primera Dama generalmente debe poner en pausa su desarrollo personal o profesional y dedicarse exclusivamente a servir de compañía. Así fue el caso de mujeres que hasta ese momento habían tenido carreras muy exitosas, como Michelle Obama, por ejemplo, que antes de convertirse en First Lady, en algún momento del ejercicio de su carrera llegó a ser incluso jefa de su marido.

Más allá de ser un rol anacrónico para la mayoría de las mujeres de hoy, el puesto de Primera Dama incluye además una cuota de poder no menor, que en muchos casos puede generar roces con la conceptualización de un Estado que busca terminar con el nepotismo y la corrupción. Por cierto, el único mérito para estar en ese lugar es una cercanía extrema con el/la Presidente/a, que sea por ser pareja, familiar (como el caso de Dávalos) o amiga (como también ocurrió en gobiernos de la ex Presidenta Michelle Bachelet).

Por esto es que la decisión de Irina Karamanos, de traspasar el domicilio de fundaciones -actualmente bajo la Coordinación Sociocultural- a los ministerios correspondientes y reducir al mínimo el poder político de una persona no elegida de forma democrática, toma tanta relevancia, particularmente en un momento de nuestra historia como este, donde estamos dirimiendo cómo debe ser el Chile del futuro.

En un contexto nacional e internacional, en el que los movimientos feministas y de mujeres hemos abogado consistentemente por la posibilidad de definir nuestras vidas con libertad y autonomía, debemos considerar este cambio como algo positivo y conducente a promover cambios más profundos en nuestra sociedad, y que esperamos sea un ejemplo para otras naciones del mundo.

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