Opinión

Prudencia

Prudencia Foto: ATON.

Nada uno cansado de tanto nadar cuando la punta del pie roza algo que, de inmediato, su planta busca como si ella calzara con el fondo estable del mundo. La filosofía clásica surte ese efecto. Muchos quieren avanzar, navegar, volar lejos de ella para encontrarse con algo enteramente nuevo, de lo que ni fantasía haya existido, como Colón, Newton, Darwin o Jobs. Pero ocurre que también los libres alados se posan en alguna rama, pináculo o satélite (un pájaro loco); un punto de apoyo no para mover el orbe, sino para descansar de él.

Nuestro ancestro común, Aristóteles, tiene mucho de eso. Entre las miles de enseñanzas que dejó, las hay muy abstractas y complejas, tanto que pocos especialistas se atreven a aproximarse sin experimentar un sofoco, como el de esos buzos que, a medida que buscan fondos más profundos, se sienten aplastados por la superficie cada vez más gruesa, pesada y oscura de las aguas; las mismas que parecen arriba delgadas, livianas y transparentes (porque la superficialidad es hostil si se está a distancia de ella).

Otros preceptos de este consejero de reyes resultan menos difíciles, como si los hubiera pensado especialmente para el gran público. Una de ellas es la prudencia, que es de un valor inmenso. Puede decirse que buena parte de la filosofía y la ciencia modernas han intentado erradicar este tesoro del léxico, tratándolo como un desperdicio, una joya falsa, espejo barato vendido a ignorantes; una superchería que el progreso redujo a su realidad de insignificancia vacía, moralina que la evolución exageró con ciegos fines amorales.

Porque los imprudentes suelen esgrimir contra la prudencia una falsa prueba: los meros resultados. Si todo sigue bien, es porque nada ha cambiado y, si todo sigue mal, también. Si algo resulta bien, es porque algo cambió, o porque no cambió. Pero la prudencia no dice que todo deba ser de una manera o de otra. Ella dice que en cada ser humano vive un tipo especial de equilibrio, como si para cada cual hubiera una balanza ligeramente vencida. Por lo mismo, ningún recetario es preciso, ni siquiera el libro de códigos del universo, y menos logaritmos de relleno.

Suele citarse el ejemplo de la prudencia en una guerra. Tanto el cobarde como el temerario se descalibran; no así el valiente. Porque conociéndose, conoce el campo de batalla y viceversa. Muy arriba o a ras de suelo, sabe que pisa una cuerda floja, pero que también su propia flojera lo pone en riesgo.

Ocurre también que épocas prudentes sufragan los costos de la imprudencia, haciéndolos momentáneamente invisibles. Estos suelen dejar socavones cuando el estado de la línea de crédito se actualiza. Recién en ese momento, el imprudente cae en la cuenta de que se ha excedido en los gastos de ese verano. Y sale del agua ansioso, la arena se le adhiere al cuerpo, mete desordenado en el auto todo lo que trajo en orden (y sí, antes cabía), regresa por la carretera entre pilotos de Fórmula 1, bocinazos, peajes e idas al baño, en los que medianas descargas de agua se llevan los desperdicios que el mar devolvió.

Por Joaquín Trujillo, investigador CEP

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