Raffaella Carrà: Ya no será fantástica la fiesta

Es tan grande su presencia que hay distintas versiones de Raffaella Carrà. Para Europa y países de Latinoamérica como Argentina y México, se trata de una diva mayúscula. Para nosotros, quedó eternizada en la memoria por traer libertad y fiesta a través de esas pequeñas pantallas de 14 pulgadas con incipientes colores, donde esta artista como ninguna otra bailaba con una sonrisa en medio de chicos de ajustadas mallas.



UNO. En nuestros recuerdos, Raffaella Carrà siempre será rubia, atlética, sonriente y chispeante, con licencia para cantar letras explícitas y bailar con un desparpajo inusitado, contagiando alegría y algo parecido al desbande en días de bota y visera. Entre fines de los 70 y el arranque de los 80, cuando en la televisión chilena las esposas de los más altos oficiales hacían llegar a los ejecutivos sus pareceres programáticos y valóricos, la estrella italiana bailaba con sus chicos en Sábados Gigantes y estelares nocturnos, o venía al festival de Viña como lo hizo el domingo 21 y lunes 22 de febrero de 1982. No solo puso en movimiento a toda la Quinta, sino que el presidente del jurado, el venerable doctor Luis Sigall, gestionó para que fuera proclamada reina, impresionado por un espectáculo donde el cuerpo coreográfico era indisimuladamente gay, bajo el dominio de esta mujer que cantaba versos sin dobles lecturas, como los del inmortal hit Caliente Caliente:

“Hace tiempo que mi cuerpo

Anda loco anda suelto y no lo puedo frenar (...)

Por las noches me despierto

Abrazada a la almohada y con deseos de amar”.

El show colorido y dinámico de Raffaella Carrà era una brisa de verano y la promesa de una eterna fiesta en toda Hispanoamérica, cuando el pop en español dominado por la balada solía cantar penurias (“estos días grises del otoño, me ponen triste”, entonaba un apesadumbrado Perales, en un éxito del mismo periodo).

Raffaella también cantaba de amores que se iban, pero siempre desde la perspectiva empoderada de tú-te-lo-pierdes. Fiesta, otro de sus clásicos, lo sintetiza magistral:

“Que es fantástica fantástica esta fiesta, esta fiesta con amigos o sin tí”.

DOS. Nacida en Bolonia el 18 de junio de 1943, Raffaella Carrá es un extraño caso de talento precoz, multifacético y triunfante ante el lado oscuro de la fama, con una carrera cuyos primeros pasos se dieron a los nueve años. Su autonomía artística es envidiable desde los 60, en una época donde el rol de la mujer era la familia. Nunca fue madre, tuvo largos romances con compañeros de trabajo, y se dio el lujo de rechazar a Frank Sinatra y Marlon Brando cuando emprendió carrera en Hollywood como una belleza morena, tras triunfar en Italia. No sólo dijo no a tan afamadas estrellas, sino que se marchó de la Meca del cine hastiada del ambiente dominado por la cocaína y el alcohol.

Regresó a Europa en los 70, dejó atrás la actuación y se reinventó en la televisión como animadora de extraordinario éxito y reconocimiento en casi todo el continente, moldeando a una showoman capaz de abordar cualquier faceta del espectáculo, sumando 35 programas en su bitácora.

Mucho antes que Madonna, hizo de las coreografías un elemento central de su música, amado y parodiado. En el peak de la fama, el Jappening con Já solía recrear sus bailes exagerando sus movimientos. Años antes el Vaticano había manifestado su molestia porque mostraba el ombligo.

TRES. Antonio Vodanovic le entrega la antorcha a una emocionada Raffaella en la Quinta Vergara y el público aplaude a rabiar mientras Jaime Guzmán, en la platea, se mantiene impávido. “Yo siempre voto comunista”, había declarado la italiana en junio de 1977. En los años 90 reiteró sus simpatías por la clase obrera. “En un conflicto entre trabajadores y empresarios, yo siempre estaré del lado de los trabajadores”, como hace pocos años reveló que su voto por el partido de la hoz y el martillo se debía “a un modo de vida y una responsabilidad muy grande”.

Entre sus legados, la liberación sexual y la visibilidad de las minorías, en particular los gays, serán perpetuos por introducir a través del pop aquella realidad. La gente coreaba canciones como Lucas, donde Raffaella contaba de su amor por un chico que se iba con otro -”le vi abrazado a un desconocido, no sé quién era, tal vez un viejo amigo”-, o sus ruegos por una noche de sexo como clamaba en 03 03 456. “Mi pecho quiere sentir tu peso y ya se desespera”.

Es tan grande y señera su figura que hay distintas versiones de Raffaella Carrà. Para Europa y países de Latinoamérica como Argentina y México, se trata de una diva mayúscula. Para nosotros, quedó eternizada en la memoria por traer libertad y fiesta a través de esas pequeñas pantallas de 14 pulgadas con incipientes colores, instaladas en cada hogar como única ventana al exterior, donde esta artista como ninguna otra bailaba con una sonrisa en medio de estos chicos de ajustadas mallas, que la veneraban como a una diosa que estaba para hacer del mundo un sitio más alegre, divertido y tolerante. En la superficie, Raffaella invitaba a pasarla bien. En la profundidad de la cultura pop, lo suyo era vanguardia y subversión allanando el camino de nuevas generaciones.

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