Rasgando vestiduras

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Estudiantes de la Universidad Católica se toman el Campus Oriente. Acusando la reincorporación de un académico que tendrá una treintena de denuncias por acoso sexual. (Agencia Uno)



La semana pasada nos referíamos al informe de los jesuitas condenando y disociándose de Renato Poblete para salvar la orden religiosa. Una defensa cerrada, corporativa, se vuelve a apreciar en la respuesta de autoridades de la Universidad de Chile, con ocasión de la golpiza ejercida por encapuchados en el Campus Juan Gómez Millas (JGM) a un hijo de una diputada de izquierda, quien se hallaba en el lugar haciendo nada, salvo esperar a su polola y jugar con su celular. Según su madre, sacándose una "selfie", lo que habría desatado la ira de los atacantes a rostro descubierto creyendo que los grababa (el hijo habría identificado a uno de ellos como de la universidad horas después). Por supuesto, la conexión política y parentesco de la víctima fue lo destacado de la noticia (hubo otras víctimas que, amedrentadas, no volverían a clases, pero ese dato pasó a segundo plano).

Más extraño fue lo que siguió. Entran en escena autoridades quienes insisten que "esta es una violencia distinta": los encapuchados ya no harían barricadas solo afuera del campus, también adentro, y se enfrentarían con estudiantes. El rector Vivaldi ratificará lo dicho. Estudiantes de Ciencias habrían encarado a encapuchados resueltos en querer acabar con la biblioteca y, agregará: "estas personas desconocidas (sic) querían destruir la universidad". La universidad estaría "bajo ataque y nuestro deber es defenderla", asimismo de Carabineros cada vez que ingresa al campus, y de quienes desprestigiándola, estigmatizan JGM y ahuyentan a buenos postulantes.

Según Vivaldi, las universidades reflejarían problemas y conflictos a nivel social. No cabría reprimir, ni recurrir a nada parecido a Aula Segura. Sí, instruir sumarios, encargar la investigación a abogadas de Casa Central expertas en abuso y discriminación de género (sic), fomentar la "salud mental" y proporcionar "acompañamiento académico" a alumnos agredidos. En fin, el rector propone reafirmar la autonomía universitaria y que sigamos confiando en su buena voluntad.

Es mucho pedir. La situación lleva más de diez años. No es cierto que la violencia haya cambiado. Ataques a personas no son novedad: a un profesor, Kamal Cumsille, en 2013 casi lo matan en JGM. Se han denunciado actos feroces, algunos criminales: quema de libros de la biblioteca, amenazas de muerte a autoridades de JGM, funas y sesgos en contra de profesores que objetan estas prácticas. Así y todo, oficialmente se ha negado de forma sistemática la participación de alumnos en actos de violencia, y nadie ha sido expulsado por ellos. En ningún momento Vivaldi, además, admite que la politización activista, abierta o solapada, al interior de la UCH, de público conocimiento, pueda estar contribuyendo a un escenario como el actual. Eso lo obligaría a desistirse de ejercer como hasta ahora.

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