Rechazados

El Hotel O'Higgins de Viña del Mar es uno de los recintos que está habilitado en el país como residencia sanitaria.



Por Paulo Egenau, director social del Hogar de Cristo

Raúl no controla esfínteres y necesita pañales. Es un adulto mayor abandonado, en extremo vulnerable, con largos años en calle, enfermedades crónicas y necesidad de asistencia permanente. Todo eso lo convierte en parte del grupo de mayor riesgo frente al coronavirus. Pero no calificó para ser recibido en una residencia de aislamiento al dar positivo al Covid-19.

Acogido desde hace años en una de nuestras residencias para adultos mayores -que son dispositivos sociales, no sanitarios-, debimos hacer todos los esfuerzos para generar en ella un espacio de aislamiento para proteger al resto de sus compañeros del contagio, con todos los riesgos y costos asociados.

En nuestra Hospedería Padre Álvaro Lavín, de Santiago, un acogido, que trabaja en una construcción y salía a diario, fue testeado por la empresa y dio positivo. Nos informó de inmediato, pero tampoco calificó para guardar cuarentena sanitaria en un albergue estatal ni tampoco los otros 18 acogidos que dieron positivo, aunque están todos asintomáticos. Con todo el personal de planta en cuarentena, hoy esos hombres vulnerables están auto gestionando su cuarentena en la hospedería, con apoyo remoto de nuestros equipos.

Frente a esta realidad, la pregunta es: ¿Están respondiendo las alternativas de aislamiento definidas por la autoridad sanitaria a las necesidades de las personas vulnerables con Covid-19 positivo?

Hoy existen residencias sanitarias, destinadas “a pacientes confirmados con Covid positivo que no cumplan con las condiciones de habitabilidad en sus domicilios o no efectúan aislamiento domiciliario, debiendo ingresar por mandato sanitario”; residencias de aislamiento transitorias, para personas mayores con dependencia que se encuentran institucionalizadas y que están siendo utilizadas también para personas con discapacidad mental; y albergues para personas en situación de calle.

Todos esos espacios dispuestos por el sistema público son por cierto necesarios para el control de la curva de contagio. Pero el sistema no solo debe responder a componentes sanitarios, debiera hacerse cargo en particular de las situaciones sociales más duras que impiden que estas personas cumplan adecuadamente con sus cuarentenas, que es el objetivo definido para las residencias sanitarias. Se requieren ajustes a la estrategia para no discriminar a las poblaciones de mayor vulnerabilidad para que –una vez más– no sean excluidos por pobres, vulnerables y complejos de tratar por sus problemas de consumo, salud mental, dependencia severa, como vemos está pasando ahora mismo, en medio de la pandemia.

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