Regalo griego
La candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU es el regalo más truculento que el gobierno de Gabriel Boric le puede legar al de José Antonio Kast. Es una candidatura de la cual no se le informó nada con antelación, ni sobre su origen ni sobre el apoyo de Brasil y México, ni menos sobre la estrategia diplomática para llevarla adelante.
Es, en el estricto sentido que tuvo el caballo de Troya, un presente griego: una artimaña, una celada, diseñada para parecer algo distinto de lo que es. Desde luego, no es una decisión concordada ni tampoco una que sirva inequívocamente a los intereses permanentes del país, que son las dos principales maneras de definir una política de Estado. Que el gobierno de Boric diga que lo es constituye casi una prueba de mala fe. No le corresponde esa definición.
La parte más retorcida de la maniobra ha debido ser la negociación de los apoyos de Brasil y México, que sólo se pueden entender como un alineamiento ideológico. Esa puede ser su fortaleza, pero también su debilidad crítica. Por un lado, aporta el significativo peso de las dos principales potencias regionales; por el otro, excluye y aleja a quienes no se sienten cerca del mundo de la izquierda de Lula y Claudia Sheinbaum, y quizás acerque, en cambio, a… Nicaragua y Cuba.
La pregunta de estos días es si Lula sabía que Kast ignoraba la negociación con Boric cuando se encontraron en Panamá. Que el presidente brasileño se haya visto enredado en una maniobra de la política interna de Chile no es algo que le pueda gustar a Itamaraty (la política exterior mexicana es otra historia).
El presidente Kast ha sido puesto en una doble encrucijada externa e interna. Si apoya la candidatura, quedará enredado en una alianza exterior enteramente alejada de su ideario, con un compromiso que además daña algo de la relación con Argentina, cuyo candidato propio, el diplomático Rafael Grossi, busca cerrar una carrera multilateral muy destacada. En la situación actual, el candidato de Milei y Bachelet podría anularse, como ha ocurrido muchas veces, en unas desagradables tablas ideológicas. Si Kast no apoya la postulación de Bachelet, podría rasguñar las relaciones con Brasil y México. El excanciller José Miguel Insulza piensa que, además, sería “un bochorno” para Chile; pero también el bochorno lo podría sufrir Bachelet, llegando a una elección sin el respaldo de un presidente elegido con una mayoría muy significativa.
Hay otra forma de considerar este asunto. La expresidenta no se ha inscrito para perder. Tampoco para dar problemas a Kast. Bachelet se ha inscrito para culminar una carrera política a la más grande escala, dejando atrás la casualidad con que se inició. Por supuesto que desea tener el apoyo de su país. Y es posible que esté dispuesta a aceptar que quizás no lo tenga. Pero eso sería con dolor, gran dolor.
En lo interno, si la apoya, Kast sufrirá el enojo de sus bases políticas, que han estado clamando por anticipar el rechazo a la candidatura; algunos de ellos ya evocan la “derechita cobarde”. Pero para no apoyarla, Kast debe tener en cuenta, por un lado, la popularidad residual de la expresidenta, aunque ese capital, como el de todos los políticos, sea hoy volátil. Y, por otro lado, la hostilidad del PS, que lo tomaría como una afrenta a su principal militante y como un motivo para aceptar la tesis -también muy de ella- de actuar en el Congreso conforme a la regla de la “unidad de la izquierda”. Pero el PS tampoco ha mostrado nitidez acerca de su posición futura, fuera de sus provocaciones hacia el PC, más retóricas que políticas. Por ahora, el PS no significa un costo nuevo.
Y está, por fin, Trump, el factor que nadie puede ignorar. Esta es la primera vez que Trump votará en la elección de la ONU. Es claro que quiere reformas radicales en muchas de sus agencias, menos gasto y burocracia, más dedicación a la seguridad y la migración, cosas que influirán en el ejercicio de su poder de veto y su aporte al financiamiento general de la ONU. La mayoría de estas materias está en la carta-programa que Bachelet acompañó a su presentación final, pero es dudoso que pudiese soportar un interrogatorio duro, como de seguro serán los que se inician en julio.
Trump no parece tener ningún interés en apurar la decisión sobre la ONU. Tampoco hay normas que definan el cierre de las inscripciones ni el de la votación definitiva del Consejo de Seguridad. Los 10 miembros no permanentes intentaron poner un calendario, pero sufrieron el rechazo de los cinco miembros permanentes. Así son las cosas: hay reglas y no las hay. Hay privilegios y no los hay.
La candidatura de Bachelet es otro de los proyectos de última hora del Presidente Boric. Es un rasgo que comparten, hay que decirlo. Boric, como antes Bachelet, entregará el mando a un adversario que le disgusta, lo que rebaja sus barreras éticas y le da una especie de permiso para tratar de enredarlo. Es un poco primitivo, aunque no nuevo.
Pero Bachelet no está en posición ni necesidad de cerrar su carrera política de manera impropia. Si esto está siendo complicado para Kast, probablemente también lo esté siendo para ella. O eso sería lo lógico.
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