Responsabilidad presidencial en debacle electoral

(Foto: Agencia Uno)

No basta con un cambio de gabinete para modificar el rumbo del gobierno si el propio Mandatario no corrige una serie de problemas en su gestión y forma de entender su relación con los partidos.




Apenas conocidos los estrepitosos resultados electorales que obtuvo Chile Vamos en los comicios del fin de semana, el Presidente de la República comentó que constituyen “un claro y fuerte mensaje” al gobierno y a todas las fuerzas políticas tradicionales. Tal aseveración parece acertada, considerando que la centroizquierda fue superada por el Frente Amplio y el Partido Comunista en la elección de constituyentes, con un deslucido desempeño en el resto de las votaciones.

Es un hecho que este castigo trasciende la gestión de un gobierno, pero resulta ineludible que esta administración, y el Mandatario en lo particular -en tanto jefe de la coalición-, también asuma su propia cuota de responsabilidad en lo sucedido, sin buscar exculparse en generalidades o en las fallas de otros. Después de todo, es evidente que en estos magros resultados también se está reflejando una desaprobación ciudadana a su conducción, y al no darse cuenta de ello incurre en la misma falta de desconexión que el Jefe de Estado acusa como un problema que afecta al conjunto del sistema político.

Tras esta debacle el gobierno necesariamente deberá empeñarse en introducir cambios profundos, que den cuenta de que la señal que ha enviado la ciudadanía está siendo recogida y que se ha acusado el golpe político. En tal perspectiva, un cambio de gabinete aparece como una consecuencia inevitable, y para que surta algún efecto debería ocurrir cuanto antes. Diferirlo en el tiempo o negarse a ello sería otra muestra de desconexión, con el agravante de que mantener el mismo rumbo seguido hasta ahora podría tener además serias repercusiones para su coalición de cara a las próximas presidenciales y parlamentarias.

Sin embargo, sería equivocado suponer que la tarea ha de limitarse a cambiar algunos puestos ministeriales. Los problemas de fondo que arrastra el gobierno y la coalición parecen ir más allá de un gabinete, pues en buena medida parecen responder a la forma como el Mandatario ha enfocado su propia gestión, un problema que ya se observaba desde su primer gobierno. Su sello personalista ha dificultado a la coalición funcionar articuladamente, profundizando con ello sentimientos de desafección, lo que se ha traducido que en materias clave los parlamentarios voten en contra del gobierno. La falta de capacidades para sintonizar con las demandas e inquietudes de la ciudadanía habla también de un preocupante encapsulamiento del abundante aparataje de La Moneda, y de lo extraviadas que pueden estar las prioridades del gobierno.

Tampoco debe pasarse por alto que ha sido justamente bajo gobiernos de centroderecha que las fuerzas de izquierda más extrema han encontrado terreno fértil para expandirse sin mayor contrapeso -en ello probablemente también incidió la falta de defensa de un ideario propio, o adherirse sin mayor reflexión a banderas ideológicas ajenas-, para terminar copando los espacios políticos, todo lo cual habla también de un grave déficit de gestión política. No debe extrañar entonces que todos los logros en materia de gestión -que ciertamente existen, como es el caso del proceso de vacunación- terminen diluyéndose y no siendo valorados por la ciudadanía. Sin que estos aspectos de fondo se corrijan, es previsible que la falta de sintonía y desafección continúen.

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