Revolución desde la biología amorosa

GONZALO JIMENEZ



¿Qué es lo que nos constituye como humanos? Fue una de las preguntas centrales en la deriva de Humberto Maturana que lo llevaron a abrir puertas y ventanas de la mente hasta llegar a la biología del amor. Su reciente partida, nos deja con un profundo agradecimiento a su legado, y al mismo tiempo la urgencia de acoger su llamado, anhelantes de que su sabiduría, originalidad y sobre todo su profunda humanidad se queden con nosotros. Hoy, es imperativo replantearnos el cómo vivimos para reforzar las dinámicas de colaboración que nos permitan tener futuro como humanos.

Aunque muchos citen al maestro, el llevar a la práctica (vivirlo) requiere coraje y honestidad. Las trampas de utilizar la objetividad como argumento para obligar o los atajos para evitar reflexionar frente a posiciones distintas, son todavía demasiado frecuentes. Pero podemos y debemos. Como dijo Humberto Maturana “La posibilidad de innovar siempre está ahí si uno está dispuesto a reflexionar, a soltar las certidumbres de donde está parado y a preguntarse si quiere estar donde está”.

El doctor mostró que el sufrimiento se produce no por la falta de certidumbre, sino por la falta de confianzas. El fútil intento de retener un imaginario control, limita nuestra disposición a reflexionar y a cuestionar los fundamentos de nuestro pensar. Estancados, solo reproducimos lo que está conservado en nuestro vivir y convivir. ¿Cómo construimos confianzas? Uno de los puntos de partida es reconocer que somos generadores de los mundos que habitamos y que escogemos el vivir que vivimos.

El espacio central para observar y transformar son las conversaciones, ahí donde se entrelaza el lenguaje y las emociones. ¿Hay disposición a conversar? ¿Tienen todos/as posibilidad de plantear temas? ¿Hay entre los participantes apertura para escuchar a los otros/as? ¿Se resuelven las diferencias, reconociendo que no existe “La Verdad”?¿Qué dinámica relacional permite confiar? ¿Qué prácticas concretas reflejan que los miembros de la comunidad, la organización o la familia son reconocidos como legítimos otros en la convivencia?

Aunque hay muchos tipos e infinitas variaciones, las cooperativas son un ejemplo concreto para estos tiempos en que aspiramos a construir una economía social de mercado, dinámica, inclusiva y a escala humana. Entendiendo a las cooperativas como organizaciones centradas en las personas, que pertenecen a sus integrantes, quienes las dirigen de manera democrática e igualitaria. No por casualidad, muchas de ellas logran que sus miembros convivan en el bienestar de sentirse acompañados y en la protección que les brinda la comunidad que los constituye. En otras palabras, es probable que las cooperativas que construyen desde la paridad, la solidaridad y la colaboración (no desde la hegemonía, la competencia ni la sumisión) contengan esa “emoción que funda lo social” calificada sin rodeos por el doctor, como amor.

¡Qué tremenda oportunidad! En particular las altas direcciones de los gobiernos, las organizaciones, las familias, que con sus lineamientos definen no solo el qué hacer, sino el cómo. Nuestra biología humana tiene evidentes limitaciones, pero también potencial infinito. Recuperar nuestra humanidad, para desde ahí lograr equilibrio con el planeta, la comunidad y los otros seres vivos, parece más que una poderosa invitación del profesor Maturana. ¿Qué esperamos?

CEO Proteus Management & Governance, profesor de ingeniería UC

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