San Jorge jubilado

Gabriel Boric encara a militares  desplegados en Plaza Italia



Por Gonzalo Cordero, abogado

Se llama síndrome de San Jorge jubilado a la actitud que tienen ciertas personas ansiosas de vivir experiencias épicas y que deben conformarse con una existencia normal, en la que no existen dragones a los cuales matar. Un imaginario San Jorge, ya retirado de sus batallas míticas, busca nuevos adversarios y los inventa allí donde no existen, porque necesita lo extraordinario. Estos cazadores de dragones inexistentes buscan la propia fama inventando artificialmente un enemigo que les permita la gloria que su época les negó.

Me temo que esto es lo que le ocurre a cierta izquierda chilena, particularmente a los jóvenes del Frente Amplio, a su candidato presidencial y a algunos convencionales. Escucharlos hablar de la “dictadura de Piñera” con el puño en alto, desafiar a la fuerza pública o a los militares, como hizo Gabriel Boric en Plaza Baquedano, con una estética que parece querer recrear las protestas de los ochenta en Chile, no solo tiene algo de surrealista, sino exhiben una cierta ansiedad por vivir una batalla que, simplemente, no les tocó.

Cualquiera sea la opinión que uno tenga del régimen político en los ochenta y de la oposición de aquella época, es evidente, fuera de toda duda, que hoy tenemos un régimen plenamente democrático, con libertad de prensa como no había existido nunca gracias a la tecnología actual, con un sistema de justicia tan independiente que se permite reabrir una investigación judicial contra el Presidente de la República pasando por encima de la cosa juzgada, se ha acusado y destituido ministros, y de hecho actualmente se tramita la segunda acusación constitucional contra el Primer Mandatario.

Pero San Jorge necesita un dragón vivo en alguna parte, necesita ser parte de una gesta, no puede aceptar que llegó la hora de su retiro y que hoy la sociedad enfrenta otros desafíos, que requieren de otras habilidades, menos espectaculares, pero tanto o más importantes. Los manifestantes de Plaza Baquedano no consiguen espacios de libertad para nadie, al contrario, se la quitan a miles de chilenos que han perdido sus fuentes de trabajo, que necesitan usar el Metro o ir al centro de Santiago a diferentes labores.

Sospecho que el joven e impetuoso candidato presidencial de la izquierda habría sido feliz si el militar que soportó estoico sus gritos e insultos lo hubiera golpeado, pero ello no ocurrió, porque el joven militar estaba cumpliendo un deber profesional, en el marco de un estado de derecho. El dragón no lanzó nunca fuego, por más que nuestro ansioso San Jorge lo retara. Ahora son otras las batallas, hay que retomar el crecimiento, hay que volver a generar empleos que puedan reemplazar subsidios insostenibles, hay que saber cómo funciona el Estado, su presupuesto, sus procedimientos, sus cifras.

Tal vez es menos glamoroso, pero así es la vida, ya no quedan dragones, es hora de guardar la espada.

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