Opinión

“Solación”

Alertan por “la mayor tormenta solar en más de 20 años”: qué efectos tendrá en la Tierra Tendencias / La Tercera

Un dios principal comparado con sus pares, pero también una estrella insignificante entre los granos de arena dispersos del universo, el sol a veces apenas llega hasta nosotros.

Increíble que sean finísimos acontecimientos meteorológicos que ocurren en esa película de polvo que es la atmósfera los que filtran, resisten, impiden que ilumine más y nos calcine.

Los egipcios vieron en sus etapas diarias tres dioses distintos. Los griegos lo creyeron titán, delatador, auriga, oráculo estupendo. Los persas y los soldados romanos, un matarife mediador con el cosmos. Su ausencia aparente tres días en el Éxodo fue una pesadilla que superó las plagas de langostas, ranas, aguas de sangre. Platón lo imaginó definiendo con su luz las formas perfectas. Lord Francis Bacon observó que ella no se manchaba al entrar en las cloacas. Luz que por lo mismo dio nombre a la época de la “aclaración”, que por desgracia llamamos en castellano “Ilustración”. El poeta Rimbaud lo aclamó “cargado de amor”. Pero la condesa Pardo Bazán se confesó insolada, intoxicada de él. Y el novelista francés Georges Bernanos, tan olvidado, tituló uno de sus libros más intrigantes: Bajo el sol de Satán.

Porque el sol ha tenido enemigos. Esa mezcla de harén y convento abandonado de patriarcas que fue La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, es una sombra indisoluble en un desierto. Un mundo de oscurantismo, de relaciones de poder viciadas, secretos a plena luz del sol, pero bajo un techo pesado. El drama de las mujeres en las provincias de España.

La luz artificial es casi un arte decorativo. La del sol es como una sugerencia de vida que se cuela por todas partes.

Y hablando de palabras en nuestra lengua, “solación” en español no existe. Podríamos, en consecuencia, agregarla al diccionario de chilenismos. Dícese de una especie de solución, de consuelo que inunda el mundo y que porta la luz del sol. En exceso puede ser dañina, como en la insolación. Su ausencia, quizá más, como en la desolación.

Las mujeres en esto fueron precursoras. En la escuela, con el sonar de la campana, las puertas de las salas de clases se abrían todas al mismo tiempo. Los niños corrían a golpear una pelota o derechamente golpearse entre sí. Las niñas, a solazarse bajo el mejor sol, el que va recién naciendo.

—Córrete —recuerdo que me decían con las caras ladeadas y un ojo cerrado—, ¡no nos tapes el sol!

Lo mismo que le dijo el solitario Diógenes a Alejandro Magno.

Y yo me preguntaba: si el sol cada día está presente, ¿qué lo hará tan importante?

No entendía que la noche había asolado muchas cosas y que en ese momento el sol les devolvía su solación.

Así y todo, la solación, estas caricias de los dioses a las que llamamos tomar el sol, pueden llegar a quemar. Las profecías que hablan de un diluvio de luz, por no decir fuego, y que remiten a las leyendas del de agua, son el malagüero de los golpes que lamentablemente muchas veces siguen a esas caricias.

Por Joaquín Trujillo, investigador CEP

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