Opinión

¡Suprema!

JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

Con su estampa firme y serena, estoica incluso, Gloria Ana Chevesic se transformó esta semana en presidenta de la Corte Suprema, la primera mujer en 200 años de vida institucional de esta corte. Es difícil exagerar la importancia de este nombramiento, y por varias razones.

En primer lugar, porque este es de los periodos más complicados y problemáticos de la Corte Suprema. Tres jueces de la Corte Suprema destituidos, más dos de la Corte de Apelaciones, por casos gravísimos, han dejado por el piso la credibilidad de quienes deben ser los garantes del imperio de la ley, del Estado de Derecho y de la imparcialidad de la justicia.

Tal ha sido el desastre, que el 78% de las personas en Chile cree que los fallos judiciales están definidos por el poder y el dinero (Ipsos). Se requiere, entonces, de un liderazgo muy firme, muy sobrio, muy “superyoico” -en sentido freudiano- para tomar las riendas de una institución en una crisis de esta envergadura. Y esa es una buena descripción de Chevesich. Algo que sus admiradores y detractores le reconocen es una fortaleza, incluso rigidez, para con la aplicación de normas éticas y legales. Una mujer de hierro para con los demás y consigo misma es justo lo que se necesita en momentos en que las conductas laxas e inaceptables de algunos jueces han causado un desastre reputacional de este nivel.

En segundo lugar, se requiere una persona que ya haya ganado y perdido batallas importantes. Que no venga a hacer una “curva de aprendizaje” y que tenga probada inteligencia y tesón para no amilanarse frente a las evidentes dificultades que enfrentará, no solo de afuera, sino de adentro. Es cierto que Chevesich fue electa por la unanimidad de sus pares, pero eso no borra la existencia de sendas operaciones para no elegirla a ella y, lo que es aún más grave, para no respetar la norma de que es la primera antigüedad la que debe presidir el máximo tribunal. Hubo una campaña para que Chevesich no jurara el 6 de enero como presidenta. Que pese a todo haya podido ser la presidenta revela, además de sus habilidades, el hecho cierto de que la opinión pública no hubiera entendido que una jueza idónea no fuera electa justamente en razón de su implacabilidad con las conductas vergonzosas de algunos jueces, algunas conocidas por el caso Hermosilla.

Como se trata de un cuerpo colegiado, la presidenta Chevesich deberá convencer a quienes, hasta hace tan poco, no la apoyaron. Será cuesta arriba el camino para limpiar la corte y recuperar su credibilidad. Chevesic ya ha dado pruebas, a lo largo de su carrera, de enorme resiliencia y resistencia. Eso no significa que sea infalible, o que no cometerá errores, pero sí ofrece esperanza de que hará el trabajo y no esquivará las decisiones difíciles, de cara a una ciudadanía que necesita con urgencia volver a creer en su Poder Judicial. En un momento en que el imperio de la ley se relativiza, es de la mayor importancia que quien lidera la justicia sea una persona proba y dura; firme y transparente.

Finalmente, pero no menos relevante, este nombramiento es tan significativo pues, además, rompe un enorme techo de cristal. No es casualidad que a menudo sean mujeres las que lideran instituciones en crisis. Ella deberá demostrar -como todas las mujeres- que es capaz, trabajando el doble, pues será evaluada más severamente que un varón. Cuando fracasan, se carga la cuenta a todas las demás. Ella fue clara en decir que no llegó a esta responsabilidad por ser mujer, por cierto que es así. Pero aquello no le ha impedido reconocer la potente señal que esto implica y lo inspiradora que es. Al revés: la conmovedora anécdota de la felicitación que recibió de una niña de ocho años (que contó en su primera entrevista, con Mónica Rincón en CNN) grafica lo importante que es este hito para ella.

Y no se trata solo de inspirar, sino de reparar una injusticia. No es por falta de capacidad o interés que en 200 años no haya habido una mujer presidenta. No es por falta de esfuerzo o de estudios de las mujeres el que aún existan techos de cristal y cemento. Basta recordar que esta misma semana se conmemoró la promulgación de la ley que permitió el sufragio femenino en nuestro país. Fue el 8 de enero de 1949.

El derecho a votar, algo tan básico, tiene menos de 100 años en Chile. Incluso desde antes de este logro, cada generación de mujeres ha luchado para legarle más derechos a la siguiente. Pero falta: no solo no se debe retroceder en derechos adquiridos, sino que se debe seguir impulsando que las niñas chilenas nazcan y crezcan con los mismos derechos, deberes y oportunidades que sus hermanos.

Chevesich no llegó a ser cabeza de la CS por cuota. Lo hizo por sus capacidades, qué duda cabe, pero también gracias a la lucha de tantas mujeres, antes y ahora. Mujeres gigantes que -pese a sus diferencias-lograron unirse por un objetivo común: heredarles un mundo más justo a sus hijas y nietas. Bravo por todas

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