Una nueva educación de calidad humana

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Por Lilí Orell, ex rectora del Instituto Nacional; María Victoria Peralta, Premio Nacional de Ciencias de la Educación 2019 y académica de la U. Central; y Matías Reeves, presidente del directorio de Educación 2020

Durante largos años hemos debatido apasionadamente por alcanzar una educación de calidad. Multitudinarios movimientos estudiantiles se han tomado las calles exigiendo cambios en el sistema, expertos han contribuido con evidencia nacional e internacional, la sociedad civil se ha expresado de diversas maneras y significativas reformas han tomado el tema en sus manos. Sin embargo, hemos evadido la discusión de fondo en torno a qué nos referimos por calidad de la educación.

Es entendible que entendamos como una educación de calidad a la calidad de aspectos materiales como sillas, mesas, higiene o recursos tecnológicos, o a la calidad de la infraestructura de los establecimientos educacionales con buena ventilación, bien pintados, calefacción o la mantención de espacios limpios. Todos ellos corresponden al entendimiento de calidad proveniente desde la industria y la teoría de mejora continua. Sin embargo, bajo nuestro parecer, no debiera usarse la misma concepción para el proceso formativo, ya que, como sabemos, restringe y empuja tristemente hacia la estandarización. En lugar de buscar el desarrollo pleno y en armonía de los seres humanos en cada etapa de la vida, lo reduce a lo medible y lo comparable.

El concepto es tan complejo y abstracto que en China, por ejemplo, se emplea suzhi jiaoyu para decir educación de calidad, en oposición a yingshi jiaoyu como educación orientada a los tests. La concepción de calidad de suzhi es más cercano al desarrollo integral del ser humano o a la calidad humana de la persona, a diferencia de zhiliang, que también significa calidad, pero como uno entendería unos zapatos de buena o mala calidad. Estas significativas diferencias determinan la naturaleza formativa y, en consecuencia, las estructuras en que se sostiene el sistema educacional.

Tras intensos y necesarios debates y reformas sobre la institucionalidad educativa, vemos con urgencia migrar de la restringida mirada de educación de calidad hacia una más amplia y desafiante educación de calidad humana en cada escuela, liceo y colegio que releve el reconocimiento de las emociones, aptitudes, cualidades, capacidades y necesidades de las personas en su diversidad y complejidad para su desarrollo integral y, a partir de allí, promover la formación de una sociedad más humana y democrática.

Este año 2020, el mismo que ha desafiado a la educación en todo el mundo con clases presenciales suspendidas, abre en Chile la oportunidad única con el proceso constitucional de reivindicar la defensa de los valores intrínsecos de la humanidad, reconociendo también los valores civilizatorios de la vida pacífica en comunidad. No es que todos los desafíos vayan a resolverse en este proceso, pero sí es el espacio de entendimiento democrático que permitirá sentar las bases para una concepción que cambie los paradigmas de las políticas educacionales actuales.

Las múltiples crisis sanitarias, económicas, climáticas, tecnológicas y políticas nos muestran la urgencia de pensar en un sistema que evolucione de cómo fue concebido tras la revolución industrial en el siglo XVIII y que poco ha cambiado. Este cambio de mirada en Chile exige concebir la colaboración como principio rector del sistema educativo en lugar de depositar la fe ciega en la competencia, y reducir la rendición de cuentas e incentivos a la aplicación de pruebas estandarizadas. Así, considerando entonces un nuevo concepto de educación de calidad humana, se debe resignificar el quehacer educativo de las escuelas, del sistema y la influencia de éste en la formación de estudiantes y en la búsqueda del bien común.

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