Desigualdad emocional: “Es muy problemático que el acceso a las emociones placenteras esté tan restringido para tantas personas”




Amelia está sentada en la sala de espera del departamento de recursos humanos. Será la próxima en entrar al despacho para ser entrevistada como candidata a un puesto en una importante empresa. No es la primera vez que tiene que pasar por estas terroríficas y agotadoras entrevistas de trabajo. No se trata solo de la tensión del momento, sino del hecho de que su futuro pende de un hilo y las opciones se le van agotando. Es madre soltera de una niña de 2 años, hace meses que perdió el puesto anterior y la coyuntura económica actual no augura buenas expectativas en el sector. Sabe que tiene un buen curriculum, capacidades personales y conocimiento del medio. Sin embargo, no puede evitar sentir la falta de aire y las manos sudorosas, y ese miedo que no le abandona día y noche, que cada vez es más asfixiante: ‘¿Cómo pagaré las facturas si no consigo un trabajo pronto? ¿Qué ocurrirá con mi hija y conmigo si nos embargan la casa? La puerta se abre y el secretario dice su nombre. Ella se incorpora, se estira la ropa y respira profundamente. Avanza y entra en el despacho de recursos humanos.

En la experiencia de Amelia – que es parte del artículo Emociones y desigualdades sociales. El caso del miedo, de la socióloga española Estíbaliz de Miguel Calvo– podemos apreciar cómo, a pesar de que las emociones son experimentadas en un nivel individual, éstas tienen su sentido en el marco de las relaciones y los fenómenos sociales. “Las emociones no están ausentes en la vida social, al contrario, desarrollan un importante papel. Amelia se encuentra cesante por la coyuntura de crisis económica, lo cual le produce una tremenda incertidumbre hacia su futuro. La responsabilidad sobre su propio sostenimiento económico y el de su hija son amenazas reales en una sociedad como la actual que aún no ha articulado el soporte suficiente para el cuidado de las personas dependientes”, explica.

Argumenta que las emociones han tenido poca relevancia en la sociología; que la realidad emocional de los seres humanos concretos y la realidad emocional de las sociedades han tenido escasa consideración, aun teniendo en cuenta que las emociones participan en la acción y la estructura social. “Pero ¿cuál es la naturaleza de las emociones? ¿De dónde nacen? ¿Se construyen o son innatas? La respuesta dependerá del enfoque teórico que adoptemos. Habrá quien piense que el miedo y el estrés que Amelia experimenta en su entrevista de trabajo es una respuesta biológica adaptativa a la situación. Otras corrientes afirmarán que sus emociones son construidas en un marco concreto de significado y que sus síntomas físicos no son más que la vivencia corporeizada de esas emociones ‘sociales’. Hay para quienes el miedo y el nerviosismo que siente Amelia se deben a la interpretación que ella misma hace de la situación en que se encuentra. Otras perspectivas afirmaran que su miedo es una forma de control orientada a que ella se conforme con las condiciones estructurales de clase y género en que se encuentra”, agrega.

Esto es lo que se conoce como desigualdad emocional y según la psicóloga mexicana Maynné Cortés, creadora de Laboratorio Afectivo (@laboratorio_afectivo en Instagram), es un tema del que casi no se habla, pero que de verdad es esencial para entender de manera amplia y compleja nuestra salud mental. “Se ha comprobado que factores importantísimos para nuestra calidad de vida, como la salud, la condición económica o la longevidad, se pueden predecir de acuerdo a la acumulación de experiencias emocionales placenteras que tiene, o no, una persona. Es importante entender que factores estructurales como el racismo, el clasismo, la LGTBIfobia, el machismo y otros sistemas de opresión, obstaculizan el acceso a experiencias emocionales placenteras para muchas personas”, dice.

Y es que –como aclara la experta– cada emoción y estado emocional tiene una función específica. En el caso de las emociones placenteras (amor, felicidad, seguridad, etc.), cumplen una función de supervivencia y nos ayudan a construir recursos emocionales, sociales y cognitivos. Así que mientras las emociones incómodas (miedo, ira, tristeza, etc.) tienen funciones evolutivas que nos protegen y alejan del peligro, las placenteras nos dan la oportunidad de expandir nuestra creatividad, capacidad de atención y de conexión. “Si desde el punto de vista evolucionario son las emociones placenteras las que nos permiten construir los bloques de resiliencia y bienestar para tener una buena salud física y mental, y lidiar de la mejor manera con los retos de la vida, el acceso a las emociones placenteras es un tema de supervivencia, no de mera frivolidad”, dice.

Maynné Cortés agrega que de igual forma, las personas que tienen acceso constante a experiencias emocionales placenteras tienen un sistema nervioso regulado, lo que les permite establecer relaciones más estables, gestionar el estrés de manera sana y entender mejor sus necesidades emocionales. “La opresión y la violencia obstaculizan e impiden el acceso consistente y acumulativo a experiencias emocionales placenteras, lo que impacta la calidad de las personas que las viven para construir estabilidad y resiliencia. Al mismo tiempo, la exposición constante y acumulativa a estados emocionales displacenteros o incómodos impacta nuestra forma de estar en el mundo, limita nuestra creatividad, flexibilidad y capacidad de conectar, dejándonos constantemente en un estado reactivo de alerta y tensión”.

Con todo, resulta –en la visión de la experta– muy problemático que el acceso a las emociones placenteras esté tan restringido para tantas personas. Eso no solo afectaría nuestra salud mental, sino que impacta en nuestra posibilidad de generar recursos económicos, relaciones constructivas y bienestar en todas las áreas de nuestra vida, lo que claramente perpetúa la desigualdad social. “Actualmente el acceso constante a experiencias emocionales placenteras está atado a ciertos privilegios que pocas personas tienen en una sociedad constantemente violenta y opresiva. Es importante hablar de esto y reconocerlo como un problema estructural, porque no podemos tener justicia social ni reparación, mientras no se garantice el acceso a la experiencia emocional placentera a todas las personas”, dice. Y concluye: “El placer, la felicidad, el amor y la creatividad también son afectos revolucionarios, especialmente para aquellas personas que no han tenido un acceso consistente a ellos a lo largo de su vida. La salud mental es política”.

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