Inspiración artística vs. apropiación cultural: dónde está el límite




En 1994 la revista Vibe recreó las fotos de la histórica detención de la activista afrodescendiente Angela Davis para “inspirarse” en su estilo, como representante de la nostalgia de la moda de los años 70. La filósofa y política contestó entonces con un ensayo donde acusaba cómo su causa judicial estaba siendo vaciada de todo sentido “para usarla de fondo mercantilizado de anuncios publicitarios”. Un acto más común de lo que imaginamos y que hoy se define como “apropiación cultural”: cuando alguien, ya sea un artista, un diseñador, una marca o cualquier persona extrae un elemento cultural que pertenece a un grupo social, movimiento, etnia o comunidad determinada y lo utiliza en su provecho, borrando, banalizando o desconociendo su origen. Ocurre también en el diseño: no hace mucho la firma de moda francesa Isabel Marat fue acusada de apropiación cultural al usar estampados geométricos de comunidades indígenas mexicanas, práctica que lleva instalándose en el debate público ya desde los años 70, cuando casas de alta costura como Yves Saint Laurent empezaron a inspirar sus colecciones en el Himalaya, Mongolia, China o África, copiando su simbología y diseño textil con fines meramente estéticos. También sucede en la música: cada vez que la cantante española Rosalía saca un tema inspirado en el flamenco, la comunidad gitana y andaluza se indigna porque usa elementos estéticos de un pueblo oprimido desde una posición de privilegio, sin respetar su raíz. Algo que el escritor estadounidense Greg Tate llama “everything but de burden” -todos menos la carga- ; cuando se usan los códigos de ciertos pueblos por fetichismo, desde el privilegio, sin vivir su sufrimiento. “Rosalía coge rasgos culturales ajenos, que son la resistencia de pueblos desfavorecidos históricamente, y los usa como quien se pone unas pestañas postizas”, dice la activista gitana Noelia Cortés. Quienes son acusados de apropiación se defienden diciendo que es inspiración y homenaje.

Katty Perry hace sus conciertos con vestidos tradicionales chinos, la marca Barbie sacó una muñeca vestida de catrina mexicana, las adolescentes van a conciertos masivos con coronas de plumas de los indígenas norteamericanos, cafés y restaurantes usan nombres y simbologías mapuche; en algunos casos la apropiación parece ser más evidente que en otros ¿Dónde radican los límites entre la apropiación cultural y la libertad legítima de inspirarse?

Para la socióloga y Magister en Antropología Cecilia Sotomayor, la apropiación cultural tiene que ver con hacer propias expresiones que naturalmente no pertenecen a la cultura o al entorno que tiene la persona como referencia inmediata, sin embargo, dice que allí existe un límite difuso. “En cultura o en antropología no podemos ser taxativos y determinar qué es lo propio y qué es lo ajeno. En ese sentido, uno podría decir que todos nos apropiamos culturalmente de costumbres, usos, hábitos que nos hacen sentido y que no necesariamente son los que corresponden a nuestro entorno más inmediato”. En cuanto al arte o la creación, Cecilia también ve una dificultad para establecer límites. “En el canon estético hay un grupo de personas que creen que el arte es todo imitación, reiteración de patrones aprendidos, influenciado por lo que hemos aprendido que es lo bello, o simplemente repitiendo y reinterpretando”.

Y así se defiende Rosalía frente a las críticas de la comunidad gitana y exponentes del flamenco clásico: “Vengo de una generación que nació con la globalización e internet. Eso lo ha cambiado todo. Nunca pienso en la música como, ‘¿Es esto correcto o incorrecto?’. Siempre pienso, ‘¿Es esto emocionante o no? Hoy en día, todas las culturas están conectadas y es algo precioso que merece ser celebrado”. Algo que también defiende la cantante chilena-francesa Alex June, quien en su carrera musical, donde mezcla electro pop con canto lírico, se ha inspirado múltiples veces en estéticas y sonidos de otras culturas para nutrir su propuesta estética, entre ellas elementos de la cultura india o africana; no ve nada de malo en ello. “Somos humanos libres, seres que habitan el mundo y tenemos derecho a inspirarnos de otras culturas y sonidos para enriquecer una obra artística, como lo hizo Serge Gainsbourg que trabajó en Jamaica para hacer reggae, o como lo hace el bossa-nova. Nada es de nadie según mi punto de vista. Lo importante es la obra, ni los juicios de moral, ni el ego del artista. La obra es la importante. El arte tiene que ser libre. Si un artista quiere hacer un género fresco que mezcla otras culturas con lo que vivimos actualmente es una virtud. Que lo chaqueteen es penca y poco avanzado. Retrogrado, añejo y fome”.

Cecilia cree también que es posible tomar como referencia lo que ya existe y ampliar el margen de la creación sin caer en una apropiación. “Eso pasa cuando das identidad o aportas pertinencia a tu creación, dando cuenta del momento histórico y cultural que vives”. El límite, al parecer, sí estaría puesto en algo en lo que parecen coincidir transversalmente quienes estudian sobre el tema: el respeto y la posición de privilegio de una cultura sobre otra. “En la apropiación se observan jerarquías, el arte y la creación es también un espacio de dominación como cualquier otro y siempre hay jerarquías de poder.”

He ahí donde se detiene la lucha de la diseñadora y ceramista de origen mapuche Yessica Huenteman: en las jerarquías de poder. Yessica viene trabajando desde 2014 en torno a los derechos culturales y la propiedad intelectual indígena en distintos contextos. Para ella, la apropiación cultural indígena, por ejemplo, es un acto totalmente reprochable. “Impulsivo y avasallador, que carece de una mediación social y cultural reconocedora, reparadora e inclusiva a la hora de vincularse con los conocimientos y expresiones íntimas desarrolladas por los pueblos originarios”. La esencia para entenderlo, dice Yessica, es que prevalece en ella una relación de tipo vertical, que desencadena la manipulación y tergiversación del contenido cultural, omitiendo la activa participación de los legítimos herederos de ese patrimonio, algo que ocurre como ejemplo cuando una marca utiliza la lengua mapuche para identificar y vender productos o servicios”. Esto se ve en términos prácticos, dice, al momento en que una comunidad de artesanos mapuche desea inscribir un dominio en Mapuzungun y sucede que estos ya se encuentran registrados por empresas no-mapuche y para fines que no tienen pertinencia cultural alguna. “Se utilizan para vender souvenir, prendas de vestir, accesorios, ropa de cama, regalos corporativos, también simbología espiritual mapuche utilizada como logotipo para fines comerciales no-mapuche”

“Efectivamente la línea entre inspiración y apropiación parecen difusas”, dice Yessica. “Una definición de ‘uso indebido’ nos lo da Brigitte Vézina (Ginebra, 2019) ‘el acto por el que un miembro de una cultura relativamente dominante hace uso de una expresión cultural tradicional y la reutiliza en un contexto diferente, sin contar con autorización, hacer mención de su origen, ni proporcionar compensación por su utilización, lo cual causa daño al poseedor o poseedores de la expresión cultural tradicional’. Pues bien, mientras más respetuosa y basada en los derechos colectivos sea la relación entre creadores y expresiones culturales tradicionales, más cercana estará de la ‘inspiración legitima’”.

Al parecer, cada caso es de estudio y comprende diversos factores y perspectivas a tomar en cuenta, según el contexto en el que se dé: las artes, el diseño, los fines comerciales, o la expresión cotidiana de las personas. En un mundo cada vez más globalizado y en sociedades abiertamente multiculturales, se hace difícil establecer los límites entre mezcla cultural y apropiaciones indebidas, porque es un problema en constante definición y limitación. Lo cierto es que se hace urgente empezar a debatir y concientizar desde dónde estamos vinculándonos con otras culturas.

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