José Donoso: "Me gustan las mujeres libres"

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...además de inteligentes, misteriosas y atractivas por supuesto, confiesa José Donoso.




Junio de 1990.

Una profunda depresión, con las angustias y dolores físicos y anímicos correspondientes le ha costado a José Donoso su flamante libro.

De nada sirve que la crítica en forma unánime le haya celebrado estos Taratuta y Naturaleza muerta con cachimba, las dos novelas cortas que en conjunto alcanzan una extensión de lectura respetable y armónica.

Tampoco atenúa la postración del autor, la propia satisfacción por la labor realizada, ni que los rankings de venta le cuenten, desde hace siete semanas, que el país lo está leyendo con avidez, en tanto que en España circulará pronto una edición mayor y más lujosa que la chilena.

Lo cierto es que el escritor se siente incontrolablemente mal y con pocas o ningunas ganas de ver a nadie, aun sabiendo que se pierde el dulce runrún de felicitaciones y homenajes.

—¿Será un asunto sicosomático quizá?

—Estoy en manos de un sicólogo para ver esa relación sicosomática con la obra literaria. Soy hombre de trancas; no lo niego. Me aterrorizaba el deterioro, la vejez, porque yo viví de niño con gente muy vieja, que se fue poniendo muy fea. Algo inevitable, pero de lo que se puede padecer por lo menos con dignidad. Esos fantasmas me los saqué con El obsceno pájaro de la noche. Novela que apenas terminada, me costó una úlcera sangrante, en tanto que Coronación me trajo un coágulo a la vena. Dos cosas graves y reales. Taratuta me tiene con una depresión profunda, que no controlo aún. La Hildita, la heroína de Naturaleza muerta con cachimba está mucho mejor que su creador.

Marquesas y plebeyas

Tal como se había previsto al concertar la entrevista, Paula conversó principalmente con José Donoso acerca de su concepto amoroso nacional. Con los respectivos distingos en razón de las diferentes condiciones sociales. Y a propósito de haberle escuchado anteriormente algunas sabrosas reflexiones sobre el quehacer sentimental de las elegantes chilenas.

José Donoso no tiene inconvenientes en recordar que respecto al sexo tuvo una escuela bien europea y harto simpática. "Me iniciaron unas primas que venían de París, y a las que no se les había pasado por alto detalle para que aquello fuera libre de sordidez y fuente de recuerdos encantadores", recordó en otra oportunidad.

Hoy, aunque en un plano más serio, tampoco lo abandona una benevolente ironía cuando se refiere al tema de las relaciones entre hombre y mujer en nuestra sociedad.

—¿Existen las grandes diferencias de clase?

—Por cierto. Los pobres tienen un gran respeto por "el sagrado vínculo". No por lo sagrado, sino porque el vínculo les significa a las mujeres una cierta seguridad dentro de la miseria. Pero que conste, son también ellas las que tienen la sartén por el mango en la relación y respecto al hogar que formen.

Y agrega:

—A medida que la mujer sube su nivel socio-económico, se va haciendo más independiente. Hasta que llegamos de nuevo a la clase alta, en que se vuelve a la dependencia total. Como que se cierra el círculo. Pero esa dependencia, nuevamente, no deriva de lo sagrado del vínculo, sino de la conveniencia que ésta implica. El gran negocio es conservar a un marido proveedor.

Y aclara:

—Por cierto que estoy hablando en términos generales. Las excepciones existen y además, las clases sociales se han multiplicado en una gran cantidad de matices. Ya no podemos hablar en Chile de clase baja, media y alta, así, tan terminantes.

—¿Qué rasgo aprecia más en una mujer?

—Además de la inteligencia, que sea libre. Que haya sido capaz de ganarse su libertad con el esfuerzo que eso conlleva en países como el nuestro. Aquí las mujeres no disponen del espacio para volar. Aunque tengo un par de amigas que se lo han hecho, y sin estruendo. Fueron capaces de tomar el manejo de sus vidas como quisieron vivirla. Pero es difícil. Las mujeres más libres que he conocido están en Estados Unidos. Allá nadie tiene historia. Aquí nos conocemos todos y cada uno lleva el historial de los otros en la punta de los dedos.

—¿Alguna experiencia memorable con alguna mujer libre?

—Una cuasi-experiencia, porque la cosa no pasó a nada serio ni sostenido. Fue con una siquiatra norteamericana. Hace muchos años. Yo era muy muchacho entonces, y ella era mayor que yo. Una mujer linda, sensible, inteligentísima. Es el personaje de Julia, el libro de Lillian Hellmann que encarnó en el cine Vanessa Redgrave. Julia era Jane Fonda, ¿se acuerdan? Nos presentaron, ella me invitó luego a su casa, nos vimos algunas veces, muy poco, apenas. Pero fue...

—¿Romántico, Pepe?

—No sé si romántico. Pero tengo fantasía y me gustan los recuerdos. Esos que dejan un gusto especial, quizá porque no se vivieron plenamente. Esa mujer tenía un misterio. El misterio es algo indispensable para que una mujer me interese. Aunque sea un pequeño rinconcito misterioso.

—¿Le habría gustado conocer a la Simone de Beauvoir?

—Digamos que ella, claro, es un pináculo de libertad femenina. Sin embargo, creo que no habría sido un encuentro feliz. Me habría hecho sentir demasiado urgido. Eso ya borra el agrado y el encanto. Hay oportunidades en que el personaje, por serlo, impide la comunicación. A mí, por lo menos, me sucede.

Curiosidades de pareja

Cuando José Donoso dice que hay mujeres que lo hacen sentir urgido, como que se repliega en el sofá, recordando a un niño asustado. Y siendo él un personaje, pero de los que no se hace sentir como tal, de verdad que esa condición en los otros, puede resultarle si no aterrante, incómodo.

—¿Algún grande que lo haya angustiado?

—Borges, desde luego. Comimos muchas veces en casa de amigos comunes. Nunca pude sacarle el jugo, que lo tenía, por cierto. Me ponía terriblemente inconfortable. Hasta cuando chismeaba, porque bien chismosillo era. Le gustaba el pelambre intelectual y social. Pero como estaba tan ciego, llegaba, se sentaba y comenzaba a enhebrar relatos un poco al vacío. Que nadie se atrevía a interrumpir y que tampoco invitaban al diálogo.

El escritor se queda unos segundos en silencio y recuerda:

—Y ahí tienen ustedes, que Borges con María Kodama hacían una pareja perfecta. Ella, preciosa, tan delgada, con ese pelo oscuro muy lacio, un cutis transparente. Cultísima. Él, ya viejo, aferrado al bastón, pero de una enorme ternura con ella, que María correspondió también con la admiración de la ex alumna y de la compañera del último tramo de su vida. Borges fue muy pololo siempre, pero pienso que a María la amó plenamente.

—¿Le interesa observar a usted las relaciones de pareja?

—Por cierto, aunque jamás con espíritu de chismografía. Son una medida muy importante de la condición humana. Yo no soy sociable. Lo fui hasta que colmé la medida y las ganas. Ahora, con María Pilar, frecuentamos un grupo muy reducido de amigos, que nos los repetimos. No son siempre escritores, pero por lo general, se trata de personas relacionadas de alguna manera con la actividad artística. Tampoco hablamos puramente de libros o arte. Cuando la gente imagina que las parejas del "boom" —ya que hablamos de parejas— son especiales, diferentes a las otras parejas, se equivocan. Pensemos en Raúl Zurita y su Amparo. Pareja encantadora, quizá porque son tan distintos. Él, un poeta casi, casi místico, desbordado, con una carga interna fascinante y un inmenso talento. Y ella, ella es la Amparito.

Tropiezos, estabilidades

Casi 30 años de matrimonio llevan María Pilar y José Donoso. Primero y único matrimonio de ambos, con una hija que les ha dado una nieta por la que los dos, cuando la comentan, deben echar mano a un babero gigante. "Qué pareja no tiene conflictos", reconoce Pepe, justamente al declarar que la suya "resultó", pese a que él es hombre difícil, inmerso en un mundo que de tanto en tanto, se vuelve inasible. Por lo general es lo que ocurre con los artistas, de manera que él ha visto muchas rupturas, y algunas no sólo dolorosas para los protagonistas, sino también para los amigos cercanos.

—¿Egoísmos de artista, diría usted?

—Repito que formar pareja y estabilizarla es complicado para todo el mundo, y más complicado aún para personas que se cuestionan todo. Hablábamos de Raúl Zurita y su nuevo estado matrimonial feliz. Su ex mujer, Diamela Eltit, no podía ser la "infraestructura" de nadie. Ni siquiera de un genio poético. Ella tiene un mundo propio interior demasiado complejo, demasiado urgente de desenmarañar que es lo que está haciendo en sus libros, para andarse preocupando de que la casa y el entorno marche para otro. Aunque sea el hombre amado, o el que amó.

—¿Está María Pilar en sus libros?

—Ella es Gloria, en El Jardín de al lado y supongo que está en muchos de mis personajes femeninos. No soy escritor con cuaderno de apuntes. Los retratos reales casi nunca tienen vigencia literaria. Ocurre que la memoria selecciona y va dejando grabados ciertos detalles, momentos, climas, frases, decires, que en algún momento se incorporan solos a los personajes. La Hildita, de mi nouvelle, no es nadie real, pero para mí llegó a ser absolutamente de carne y hueso, y así espero también que les resulte a los lectores.

Alambicados y pecadores

Pese a que los críticos encuentran en general que Donoso es un escritor muy chileno, él no se considera tanto. Su formación, por lo demás, fue principalmente inglesa y en su currículo de gran viajero, tiene largos tramos de vida estable en España. Eso lo ha sacado francamente del localismo y le ha dado una mirada muy amplia sobre su universo literario y humano.

—¿Usted cree en el pecado?

—En el pecado de los católicos, definitivamente no. Creo en el pecado estético, en el pecado moral. En el pecado social. Y son pecados que me importan muchísimo y que procuro denunciar de alguna manera en mi literatura. Sin caer en lo pedagógico, por supuesto, que es muy latero. Diría más bien que le pongo nombre a las cosas. Lo que a los chilenos les cuesta especialmente. Lástima.

—¿Qué es lo que más le carga de los chilenos?

—Lo prejuiciosos que son. Los chilenos creen saber la verdad de todas las cosas, y eso los hace muy cerrados. Si fuéramos más abiertos, también seríamos más entretenidos. Es esa cerrazón la que me aburre de la vida social. Para oír verdades rotundas ya no me da la paciencia. Con los prejuicios, se emiten juicios tremendos, a veces tremendamente injustos, que sublevan.

—¿Se ha peleado alguna vez defendiendo la honra femenina?

—Con frecuencia, y una vez muy en serio y con toda una reunión social de testigo. Se lapidó a una mujer admirable y me enfurecí. Grité tremendas barbaridades yo también. Volvemos a lo que decía antes. La falta de espacio hace que cada cual lleve la vida del otro en la punta de los dedos. Falta tolerancia, humor, fantasía. Lo que tienen en abundancia ingleses y franceses, junto con la ironía. Esa doble visión de las cosas, en lugar de la única visión estrecha y dogmática, que sospecho que heredamos de los españoles. Nada, pienso, tiene una sola explicación. Les decía que para que una mujer me resulte atrayente, debe poseer inteligencia, misterio, y carecer de prejuicios vanos.

—¿Sería erótica la inteligencia?

—Supongo que depende del hombre. Hay muchos que prefieren a las poco inteligentes, siendo muchas veces ellos, inteligentes. Para mí, es imprescindible la inteligencia. En ese sentido, me resulta erótica. Lo que no significa enamorase de cada talento que se encuentra al paso.

—¿Cierto que es usted un maestro severísimo?

—No sé si tanto. Lo que ocurre es que al alumno de mi taller que no lee a los grandes, lo expulso hasta que regrese leído, si es que quiere regresar. Ustedes han escuchado que a más de alguno lo mandé a su casa a conocer a Dostoievski, a Proust, a Dickens. Suelen reclamar que son alambicados, densos, extensos en sus descripciones. ¿Se han fijado que a los chilenos se les da por la sencillez, lo simpático y lo entretenido? Así vamos, también. Hay que leer a Proust en su contexto y tendrá que llegar a la conclusión que ni la pluma de la duquesa de Guermantes ni los encajes de la enagua de la marquesa tal y cual, dan el rasgo preciso al retrato de la época, en todas sus dimensiones. Era un tipo raro pero genial. Proust no habló hasta los seis años. Su primer decir, estando en la ventana con su madre, fue: "Mira, mamá, que sombrero más raro lleva esa señora que va pasando".

Y concluye:

—Nos harían falta más tipos raros como esos, en este país tan estirado.

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