“La tranquilidad de este embarazo hizo que me diera cuenta de la soledad y violencia en que viví el primero”




“Tengo una hija de ocho años y un hijo de siete meses. Ambos de distintas relaciones. La primera fue marcada por el maltrato psicológico y físico por parte de mi ex pareja. Esta relación se acabó dos años después de que naciera mi hija, pero hasta hace poco me mantuvo en juicios, pues el padre no paga la pensión y no ve a su hija desde hace tres años.

Cuando comenzamos nuestra relación, yo me había venido a vivir a La Serena con él por mi trabajo, así que una vez que nos separamos, me quedé sola con mi guagua viviendo por algunos meses acá. Pero se me hizo muy pesado vivir las dos solas, así que me devolví a Santiago, donde estaba el resto de mi familia. Sin embargo, el destino me volvió a traer a La Serena pues fue acá donde encontré trabajo. Claro que esta vez la experiencia viviendo en esta ciudad fue completamente distinta. Conocí a mi actual pareja, con quien desde el comienzo las cosas fueron diferentes. Empezamos una relación y al poco tiempo, me quedé embarazada.

Hoy mi hijo tiene siete meses de vida, y su embarazo y nacimiento ha sido una oportunidad para conocer otra experiencia de crianza. Y es que a diferencia de mi primera hija, con mi pareja actual hemos compartido todo el proceso, aunque reconozco que toda la alegría de ser padres siempre ha estado marcada por los recuerdos del embarazo anterior, ya que la tranquilidad de este embarazo y nacimiento, hizo que me diera cuenta de la soledad y violencia en que viví el primero.

Con mi primera hija fui a la mitad de las ecografías sola y a las otras peleando con mi ex. Él se fue de la casa al menos treinta veces mientras estaba embarazada y siempre fue violento. Viví los nueve meses pensando en que se podría ir otra vez y dejarme sola. Si un día me veía llorar con mi guagua recién nacida, me trataba de loca, o de floja. En el fondo, y ahora que lo pude vivir desde la otra vereda, me di cuenta de que el padre de mi hija me robó, o no me dejó vivir mi puerperio. Y es tan así, que no recuerdo el proceso de convertirme en madre porque solo estaba preocupada, o más bien agobiada, por las peleas, la violencia y la relación que estaba llevando.

Con mi segundo hijo, en cambio, me he sentido acompañada todo el tiempo desde que nos enteramos. Cuestiones chicas como qué cuna o chupete comprar, hasta sentir que si un día quiero llorar porque sí, tengo el espacio y la contención para hacerlo.

La vida me hizo experimentar ambas caras de la moneda, y elegí vivir estas experiencias no desde el drama, sino que desde las segundas oportunidades; de la aceptación de los procesos. Hoy entiendo y valoro el rol fundamental de la pareja, pues el padre de mi hijo me permitió vivir cada uno de estos procesos con un abrazo y compañía cada vez que lo he necesitado. Y es que la llegada de un hijo debiera ser solo tranquilidad y felicidad y las mujeres debemos rodearnos de personas que nos permitan vivirlo así. Y tal como lo hice –aunque no fue fácil–, sacarnos los miedos pues la vida da segundas oportunidades”.

Javiera Gutiérrez, tiene 39 años, vive en La Serena y es conservadora de patrimonio y mamá de Ema y Camilo.

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